jueves, 15 de febrero de 2018

Cuando la Orquídea Vuelva a Florecer — Nico y Laura




[Atención, Spoiler. Si no has leído "Amapola de sangre", mejor no sigas. O sí. Y si te gusta, entérate mejor de la historia en la novela original]  
Nico entró en el servicio de señoras sin remilgos. Ni siquiera llamó a la puerta. Abrió de un golpe y se agachó en el suelo de azulejos blancos y negros para comprobar si los cubículos estaban ocupados. Nada. Se incorporó y probó a llamarla, aunque no parecía que hubiera nadie dentro.
—¿Laura?
Como esperaba, sin respuesta. Era lógico, todavía era temprano por la mañana para que se sintiera movimiento en la redacción. Solo estaban los que querían adelantar páginas del periódico y todo el personal de agentes comerciales que, en la planta superior, no se despegaba de su mesa con tal de conseguir una suscripción más. Un tímido teléfono sonó en alguna de las mesas desocupadas. La llamada pasó a otra línea. Así hasta en tres ocasiones, con tres tonos distintos, sin que nadie lo descolgara. «Como mi vida», pensó Nico, con un toque melodramático, «no hago más que hacer llamadas que sé que no me contestarán».
El fotógrafo regresó a la mesa de la periodista, en busca de una pista sobre su ubicación. Ahí estaba su bolso y un termo con el café caliente, incluso una bolsa con aperitivos dulces para picar a media mañana. Sus libretas, agenda de contactos, periódicos antiguos y revistas de actualidad política permanecían igual. Lo único que delataba el tiempo que había pasado desde el suceso fue el moribundo tallo de lo que una vez fue una orquídea, en un pequeño jarrón rojo intenso, que prácticamente estaba irreconocible. Decían que ya no florecería. Seis meses, ¿o eran ya siete? Desde que apareció el upyr y se llevó a Ariadna. Medio año desde que la paz entre razas se fue a la mierda, los vampiros clamaban venganza y los daemons se aprovechaban de su vulnerabilidad organizativa. De nuevo se multiplicaban las peleas por los territorios, los nidos de chupasangre surgían y desaparecían en pocos días, a veces se unían con otros y crecían, para después ser sepultados por un grupo más grande. O los cazadores, como él, tenían que ir a limpiarlo. La falta de control había atraído a numerosos «no registrados», vampiros ilegales que, sin la férrea vigilancia de un Kral, disponían a su gusto de la población de sangre caliente.
Nico no se quejaba del todo. Él había sido entrenado para eso, su objetivo como miembro de la Orden del Voljóv era exterminar a toda criatura no humana que pusiera en peligro la existencia de su especie. Además, tenía mucha adrenalina y mala hostia que liberar últimamente, así que el ejercicio le venía bien. Sin embargo, estaba como cazador multitarea, de hecho fue él mismo quien se ofreció a ello, pero no pensaba que le traería tantos dolores de cabeza. Y de corazón.
Habían pasado más de seis meses desde el inicio de aquella locura, sí, el mismo tiempo desde que atacaron a Laura. Él se proclamó su vigilante. Al Maestro de su Casa al principio no le hizo mucha gracia, lo más cómodo era borrar la memoria de la joven para asegurarse que no había sido testigo de nada que pusiera en peligro el secretismo de la lucha de razas, de que los vampiros eran reales y de que atacaban de verdad a la gente. No era conveniente tener a una periodista histérica, ni por su salud mental ni por la posible obsesión que causaría, tarde o temprano, grandes inconvenientes. Ya les había ocurrido en el pasado y no volvería a suceder. Por eso Nico iba a ser su guardián personal. Había convencido a su superior para que le diera una oportunidad de comprobar si se acordaba o no del incidente y si, en tal caso, hacía falta intervenir. Los efectos secundarios de eliminar recuerdos no siempre eran agradables, y Laura tenía suficiente con haber sobrevivido a la experiencia del ataque de un vampiro para que además sufriera de insomnio, pesadillas recurrentes, ataques de pánico y alucinaciones auditivas y visuales.
Josh se burlaba de él y lo llamaba «niñera», le repetía que dejara las tareas de canguro y se centrara en prepararse para el siguiente ataque. Pero no podía dejar sus obligaciones de lado. Ella ya había tenido suficiente por no haber estado atento con los peligros en el trabajo, así que se había convertido en su responsabilidad, y no podía permitirse fallar. «No otra vez».
Nico revisó de nuevo el escritorio de la periodista por si había una nota, un trozo de papel sobre por qué había abandonado tan repentinamente su puesto. Conocía su agenda de memoria y esa mañana no tenía ningún compromiso. Echó un vistazo al bolso, con mil y un artilugios en su interior. «Vamos, Nico, eres más listo que esto». Debía centrarse en lo que echaba en falta. Como el móvil. Y el abrigo. Claro, fuera. Nico cogió su cazadora y siguió sus pasos. Las llaves del coche se encontraban en su bolso, así que estaba cerca.
A unos días del inicio de la primavera, el frío del invierno norteño seguía marcando su territorio. Incluso advertían de posibles nevadas en las zonas más altas que un cielo de gris oscuro parecía corroborar. Nico suspiró y el aire se convirtió en una nube blanquecina. ¿Habría ido a una cafetería cercana? ¿Estaría con otra persona? No había nadie a primera vista y el edificio del periódico estaba en un lugar más bien aislado de la ciudad, por lo que las distracciones eran muy limitadas. Rodeó el edificio y sus ojos fueron automáticamente al punto que más le preocupaba, la entrada a la rotativa. La puerta estaba abierta. «Joder».
El cazador se acercó con sigilo. No era un sitio seguro, y menos tras lo ocurrido el verano pasado. Le habría gustado que se cerrara para siempre, pero un negocio y muchas familias dependían de su futuro. Era cierto que la empresa ahora se planteaba exteriorizar la impresión del periódico, todavía lo estaban valorando. Mientras tanto, las cintas continuaban funcionando con normalidad todas las tardes. Puso la cabeza en la abertura de la entrada, solo oyó unos pasos lentos que se detenían de golpe. Puede que a primera vista no hubiera ninguna sanguijuela, pero no se fiaba, así que sujetó el mango de la daga bajo la cazadora y entró.
Las grandes máquinas conectadas por cintas permanecían en silencio, envueltas en olor a aceite y tinta. Apenas entraba luz del exterior y las sombras se adueñaban de la mayoría de los rincones. Tan solo se salvaba el centro de la sala, con un intenso haz que provenía de la claraboya del tejado. Ahí, en mitad del maremágnum de acero, estaba Laura. Se había arrodillado y giraba su rostro hacia Nico, inmóvil tras cruzar la puerta. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
—¡Laura! Al fin te encuentro, me estaba asustando, vamos a volver arriba —dijo mientras se acercaba a ella y le tendía la mano.
Ella le rechazó con un gesto brusco.
—¿Qué haces aquí, Nico? Vete, estoy bien.
—Vamos, eso no se lo cree nadie.
Su voz era amable, llena de condescendencia que provocó el enfado de Laura.
—¡Vete! Tengo que hacerlo sola, tengo que superarlo, mi psicóloga me dijo que… que lo intentara… que ya era hora de superarlo…
Las palabras se interrumpieron, convertidas en incomprensibles gimoteos y Nico la ayudó a levantarse para, a continuación, abrazarla. Parecía una niña, tan pequeña entre sus brazos de antiguo jugador de rugby, sollozando, temblorosa.
—No tienes que demostrar nada, Lau.
—Debo… debo hacerlo. Seguir adelante, avanzar… ¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué?
—Tal vez te has incorporado demasiado rápido a tu puesto.
—¡No! —dijo, rotunda, y le lanzó una mirada acuosa y decidida—. Si llego a quedarme en casa un día más juro que me lanzo por la ventana. Mis padres están insoportable, ni que me fuera a romper como una maldita muñeca de cristal.
Nico le apartó un mechón del rostro, húmedo por las lágrimas, y le dedicó una tierna sonrisa.
—Te entiendo, además, aquí te echábamos de menos.
Las mejillas de Laura se ruborizaron. Con sus enormes ojos avellana, su media melena rubia y su tez apagada, le pareció la mujer más adorable del mundo. Ella le miró y antes de que sus ojos se cruzaran, él se giró. Demasiadas emociones inapropiadas para digerir de golpe.
—¿Subimos ya? —sugirió y, al darse cuenta que seguía abrazándola, la soltó.
—No.
Laura miraba al suelo, estaba alicaída, y en ese momento Nico habría dado lo que fuera por verla sonreír, que la energía que revitalizaba a toda la redacción asomara a sus ojos una vez más.
—¿Te llevo a casa?
—No. A la tuya.
—¿Qué? —Nico estaba seguro que no había oído bien.
—Vamos a tu casa. —Alzó el rostro, con una incipiente seguridad en su expresión, y se explicó—. Tenemos que hablar.
Nico tragó saliva, convencido de que había resonado en toda la sala de máquinas. ¿Sabía ella algo? En el fondo tenía curiosidad por saber lo que le diría, él también quería confirmar cuánto recordaba de aquella vez, en ese mismo lugar. ¿Acaso encontraría otra oportunidad para preguntarle sin molestos testigos delante? No podía desaprovecharla.
Minutos después ambos estaban montados en su moto, una Yamaha Fazer. Laura le agarraba por la cintura con más fuerza de la esperada, supuso que le daría miedo, una observación que confirmó en cuanto esquivaron un bache en la carretera y ella le clavó las uñas en la carne. Ni el grosor de la cazadora le sirvió como protector. El camino de la redacción hasta su casa no era muy largo, entre diez y quince minutos, según el tráfico. Iba a ser un trayecto calmado, si no fuera porque las amenazadoras nubes rompieron sobre ellos y una lluvia helada los caló. Entraron en su casa empapados y tiritando.
Laura había estado ahí un par de veces para recoger archivos y tarjetas de memoria de la cámara de fotografía. En una ocasión compartieron una lata de cerveza y patatas blandas mientras terminaban un artículo de análisis por las elecciones municipales la madrugada de un domingo. Era un estúpido si negaba que esas risas para aliviar la tensión no le habían provocado un agradable cosquilleo en el estómago. Pero por aquel entonces debía centrarse en sus deberes como cazador, todavía tenía que hacerlo. Solo que ahora ella se había convertido en su obligación.
—Toma —dijo y le tendió una toalla a su invitada—. Voy a darme una ducha rápida, mientras he encendido el calefactor y hay mantas en el salón. Ahora estoy contigo.
Nico entró en el baño, abrió el grifo de la ducha y se desvistió. Había conseguido unos segundos más para pensar. ¿Qué le diría? ¿Cómo empezar a preguntar?
«¿Te acuerdas de que en agosto te desangraron y casi te violaron unos vampiros? Tranquila, todos están muertos, aunque han venido unos cuantos más a la ciudad, pero no son un problema, no, claro, es que soy un cazador, me formaron para asesinarlos, así que yo puedo protegerte».
«¿Yo puedo protegerte?», Nico se dio un suave cabezazo contra los azulejos de la ducha. ¿De dónde le venían esas repentinas ganas de cuidar de ella? Debía ser el instinto guardián del que ya le habían advertido sus superiores, surgido tras pasar tantas horas detrás de ella. La había custodiado, como un tesoro preciado, mientras estuvo ingresada en el hospital. También pasó noches en vela a diez metros de su ventana, controlando que no hubiera sanguijuelas cerca. Siguió sus pasos en las visitas al psicólogo y al psiquiatra, al gimnasio, a las cafeterías con sus amigas, a la biblioteca y a sus paseos junto a la playa. Había sido su sombra durante esos meses, por lo que era normal que sintiera deseos de salvaguardar cada parte de ella, ¿no?
Escuchó el chirriar de la puerta del baño (viviendo solo, jamás ponía pestillo) y se sobresaltó.
—¿Lau? Todavía no he acabado, en nada salgo.
Silencio. Solo el sonido de la ducha golpeando su piel. La cortina se abrió y Nico se quedó congelado, admirando la imagen del cuerpo desnudo de Laura. Se pegó a él y bajo el agua caliente lo besó. Nico no sabía qué hacer con sus manos, todavía le costaba comprender lo que estaba sucediendo, así que se dejó arrastrar por los suaves labios de Laura, su sabor a café y chicle de menta, la delicadeza con que exploraba su boca, memorizando cada rincón, adueñándose de él, de su mente. Notó sus dedos acariciándole el rostro, la barba incipiente, el cabello castaño mojado. Él abría y cerraba las manos, mientras ciertas partes de su anatomía tomaban la iniciativa e ignoraban su petición por permanecer inertes. Ella juntó sus vientres y al sentir el tacto de sus pechos se le erizó el vello. Hacía una eternidad que no estaba con una mujer, pero eso no era excusa para continuar, y menos si era Laura.
—Para, para, ¿qué haces?
La separó agarrándola por los hombros, la única parte de su cuerpo que se permitió tocar.
—Lo sé —dijo junto a su oído—. Que has estado a mi lado todo este tiempo, que me protegías como un ángel guardián, que eres quien me mantiene alejada de esas criaturas. Sé que Ariadna me ocultaba muchas cosas, las mismas que se la han llevado de nuestro lado. Que hay monstruos terroríficos que viven en las sombras y beben sangre. Que casi morí, si no fuera por ti. Por eso sé lo que quiero, y quiero esto.
—Entonces, ¿por qué estás llorando?
—¿Cómo? —Laura se frotó los ojos, todavía enrojecidos. Entre el agua de ducha, distinguió el sabor salado—. Lo siento, yo… lo siento…
Nico la abrazó y su ánimo se desinfló, entre otras cosas. Salieron y se secaron sin dirigirse una palabra. Le ofreció un pantalón de chándal y una camiseta en la que cabían tres como ella.
—Creo que necesitas hablar, Lau —le recomendó Nico mientras le daba una taza de café recién hecho.
—Ya lo hago, con Claudia, mi psicóloga.
—¿Y se lo cuentas todo? ¿Absolutamente?
Laura se lo pensó un segundo antes de contestar. Negó con la cabeza.
—Tengo miedo de que piense que estoy loca. Me atiborraron a calmantes y ansiolíticos en el hospital, no quiero más pastillas. Si empiezo a decir que sueño con vampiros, me mandan directa al manicomio.
—Es normal, los humanos no suelen tomarse esa noticia muy bien.
Nico le quitó hierro al asunto con una de sus encantadoras sonrisas y tomó un sorbo del café. De reojo vio el efecto que provocó en Laura, con los labios colorados y la piel todavía húmeda, vestigios de la reciente excitación. Si seguía mirándola, se acabaría arrepintiendo de sus acciones. Tal vez por eso le hizo una propuesta que le traería más de una jaqueca.
—Conmigo puedes hablarlo, ¿sabes? Imagino que tendrás un montón de dudas y yo puedo resolvértelas, si te interesa, claro.
Se dio una bofetada mental. Estaba prohibido, totalmente vetado, compartir información con los civiles. Y más si era una periodista. Si sus superiores se enteraban podían castigarlo duramente, incluso expulsarle, si ponía en riesgo a la Orden. Sin embargo, la manera en que Laura le miró anuló cualquier discusión interna, con sus grandísimos ojos avellana, que albergaban la esencia misma de la curiosidad, la avidez informativa con que se aferraba a un contacto antes de exprimirle todas las confidencias posibles. Era ella, era pura Laura, había vuelto. Y él no podía estar más orgulloso. Y también feliz.
—Creo que voy a hacer más café —dijo al intuir que sería un día muy largo.
—Espera, te ayudo.
Ambos se encerraron en la cocina y hablaron durante horas en las banquetas que daban a la ventana. Comieron y siguieron charlando. Cenaron. Pusieron el televisor. Se quedaron adormilados en el sofá. El día se les escapó entre sus dedos y, en su ensoñación, con Laura respirando pausadamente entre sus brazos, Nico pensó que no le importaría pasar así el resto de su vida.


Derechos reservados por la autora, Enara López de la Peña.

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