martes, 1 de noviembre de 2016

Dragón — Relatos de Daemon




—Por favor, piedad, señor…
Dyma no pudo evitar que una media sonrisa asomara en su rostro. «Piedad». Hacía décadas que no oía esa palabra en boca de sus enemigos y escucharlo le provocó una inquietante sensación de victoria que creía olvidada. «Piedad». Él desconocía su significado. Alzó la bota y la hundió en la cara de aquella patética criatura sin miramientos. Pisó de forma reiterativa hasta que el crujido se transformó en un sonido pegajoso y los restos de masa gris se mezclaron con el humor vítreo de los globos oculares.
Con aquella súplica aún resonando en su mente, Dyma observó el resultado de su visita. Doce cadáveres desmembrados. Esperaba que fuera suficiente para que sus rivales captaran la indirecta. Si no tendría que volver y eliminar directamente la amenaza a su Hueste. A Mordekai no le haría ninguna gracia, siempre prefería actuar lo menos posible, mandar señales y que cada uno las interpretara a su gusto. En este caso, el aviso estaba dado. “El Sádico” había dejado su marca, la voz de los supervivientes llegaría hasta los oídos que enviaban las órdenes y los problemas se calmarían, al menos durante una temporada.
Una fuerte ráfaga de viento barrió la estancia y las nubes se apartaron, dejando que la luz de la luna se filtrara entre los cristales rotos y las cortinas arrancadas. Su figura era la única en pie en el centro de la estancia, una sombra negra envuelta en sus propias alas a modo de capa impenetrable. Era un buen espectáculo, digno de su nombre. El trabajo estaba hecho. Dyma se asomó a la ventana rota y miró abajo. Quince plantas. Todavía recordaba su entrada y las caras de sorpresa de los caídos cuando un ser atravesó volando la ventana y se lanzó a la yugular del primer tipo armado que localizó. Fue rápido y sencillo. Las bombillas habían reventado por culpa de los disparos descontrolados y la única iluminación procedía del exterior. Aunque él no necesitaba más para apreciar cada detalle del cuarto.
Aspiró el olor de las armas de fuego, de la sangre y el miedo. Cerró los ojos y centró su atención en el aroma que le preocupaba desde que sintió el pinchazo en la espalda. Caminó hasta un rincón y cogió la daga. Le faltaba la punta. Apretó los labios, su solo contacto le irritó la piel. «Acero de cazador». Era una mala señal, no sabía que aquellos tipos tenían acceso a algo tan raro y peligroso. Envolvió el arma en un trozo de tela que arrancó al cadáver que tenía a sus pies. No le interesaba un objeto que podía herir a los suyos, pero tampoco era conveniente perderlo de vista y dar la oportunidad a otros de creerse con la capacidad de dañar a sus hermanos. Aunque Dyma no se consideraba muy familiar, poner en riesgo el linaje no entraba en sus planes.
Apoyó las manos en el marco de la ventana y sintió los cristales adentrándose en la carne. Algo no iba bien. Dio un paso al frente y cayó. Se concentró y percibió los velos que separan las realidades, cómo las traspasaba a gran velocidad mientras su cuerpo se precipitaba al vacío, directo a la acera frente al portal del número veinte de la Avenida Dachny, a las afueras de San Petersburgo, en las lindes de su territorio. Recordó el tacto de las sábanas, en su memoria mezcló el olor a ocre con eucalipto, ligeramente aceitoso, visualizó la estancia, las paredes con el ladrillo al descubierto, las vigas del siglo anterior en el techo y la alfombra de origen persa que ocultaba un millar de manchas irreconocibles. Las fachadas de acero y cemento desaparecieron y Dyma aterrizó en su cama, con el mismo aspecto con que la había dejado aquella tarde. Seguía deshecha, con la almohada retorcida en medio. Se dejó recomponer durante un segundo. Aspiró el aroma de los dos, oculto entre los pliegues de las sábanas, y recobró la fuerza suficiente para incorporarse.
Se quitó la camisa con cuidado, aunque sabía que era irrecuperable por el corte vertical que la partía casi en dos, pero la fuerza de la costumbre lo empujó a dejarlo sobre la silla del dormitorio. Siguió con las botas, los pantalones y la ropa interior, y se encaminó a la ducha. Sintió un escalofrío de placer cuando su piel entró en contacto con el agua hirviendo que salía de una pieza de metal y simulaba una fina lluvia primaveral. A él esas moderneces le traían sin cuidado, al igual que las reformas o la decoración de la estancia, pero claro, no era dueño de ese lugar. El vapor lo envolvió y comenzó a enjabonarse. Relajó los miembros que salían de entre sus omoplatos, dos tenebrosos brazos esqueléticos que acababan revueltos a sus pies rodeados por un extraño tejido púrpura. Su larga cabellera formó una cascada de espuma negra y roja, mientras los restos de sus enemigos terminaban filtrándose por el desagüe.  Dyma recordó la época en la que le encantaba bañarse en la sangre de los caídos, disfrutar de cada fragmento de la derrota ajena, del momento en que sus ojos aceptaban la desesperación y, aun así, luchaban por unos segundos de vida, por una bocanada más de aire, por un latido más. Él era joven y la muerte le apasionaba. Ahora se había vuelto monótona. No, no era solo eso, era… algo… más…
Dyma se tambaleó y tuvo que apoyarse de lado contra los azulejos para no derrumbarse. «¿Qué?». Escuchó pasos de pies descalzos detrás de él y, sin tiempo a reaccionar, una mano le apresó la nuca.
—Quieto —murmuró junto a su oreja.
Quiso forcejear, pero sabía que solo empeoraría la situación y él apretaría con más fuerza. Se quedó paralizado, lo sentía muy cerca de su cuerpo y su calor aumentó, compitiendo con las gotas de agua que seguían limpiando los vestigios de la matanza. De repente, la presión se debilitó y apartó su oscura melena con la otra mano. Los finos dedos que hacía un instante lo retenían, acariciaron con la yema cada corte superficial, como si con el simple roce pudiera hacerlos desaparecer. En realidad, en una hora no habría pruebas físicas de la pelea, aunque las marcas serían un indicativo de su valor durante unas semanas. El cuerpo que ocupaba se iba deteriorando más rápido de lo que tenía previsto, puede que esperar otros cincuenta años para la muda fuera tentar demasiado a la suerte.
—No tenías orden de salir esta noche.
Dyma se mantuvo en silencio, como hacía cada vez que no tenía sentido dar una respuesta. La mano descendió por su costado, con afiladas uñas que perfilaron sus costillas y bajaron, bordeando la huesuda cadera.
—Supongo que tendrías algún recado pendiente, ¿no?
Asintió, y los finos dedos ajenos se enredaron en el vello, hundiéndose en la carne sin apartar los labios del lóbulo de su oreja.
—No sabes lo que me cabrea que trabajes por tu cuenta —dijo el intruso entre dientes, y tiró ligeramente de su cabello, forzándole a echar la cabeza para atrás. El gesto le dolió más de lo que pensaba—. Puedes matar a quien quieras, te lo he repetido mil veces, pero al menos avísame antes, joder.
Dyma seguía impasible, con la expresión indiferente a pesar del esfuerzo por continuar erguido, con la mirada fija en las invisibles ondas que ascendían desde el brazo que lo retenía. Eran las llamas del infierno contenidas en una insulsa capa humana.
—Habla, vamos —insistió el otro, con esa media sonrisa que le caracterizaba—. Dilo.
—Sí, Mordekai.
No pensaba disculparse, tampoco era eso lo que le estaba pidiendo. Lo que quería era oír su nombre salir de su boca, que al menos una de las escuetas palabras que pronunciara ese día fuera pensando en él. Recordaba cuando al principio le llamaba «maestro», hacía un siglo, provocándole una desagradable risa histérica. Tuvieron muchas discusiones, con tabiques agujereados y miembros descolocados, antes de que aceptara esa norma. Al fin y al cabo, él era el líder de la Hueste, con una veintena de daemons bajo su tutela, y él, su lugarteniente. Cuando estaban a solas, podía llamarle como le diera la gana.
Mordekai se inclinó y rozó con su nariz la base del cuello de Dyma, que permanecía con la boca entreabierta y los labios separados, a punto de susurrar palabras que no pensaba dejar escapar de su garganta. Entonces Mordekai bufó.
—Ábrelas —ordenó, y su Segundo no le hizo esperar.
Dyma desperezó los músculos de la espalda, un centenar de pequeños y flexibles huesos que formaban la base de sus alas y, con un gesto de hombros, las desplegó, haciendo volar miles de gotas carmesíes. Los apéndices que hacía un instante caían flácidos a cada lado se mostraban ahora en su máximo esplendor, completamente extendidos. Tuvo que salir de la ducha pues abarcaban prácticamente el cuarto entero, con las membranas tensas de un tono burdeos ligeramente translúcido. Él no tenía plumas ni huesos huecos, él no era un pájaro, sino un dragón.
—Todavía estás sangrando —observó Mordekai, otra frase que no merecía más atención, pero su simple apreciación provocó que el ala izquierda temblara y se encogiera—. Y aquí está la razón.
Dyma cerró la mandíbula con fuerza, incapaz de disimular el dolor, cuando notó las garras escarbando entre las cervicales, rasgando el músculo, adentrándose entre los nervios y la carne.
—¡Ah! —gimió, seguido de una exclamación de victoria tras él. Mordekai le mostró la razón de su agonía, lo que le había impedido salir volando del lugar del crimen y absorbía su energía vital. Un minúsculo trozo de metal, del tamaño de una uña, que humeaba entre los dedos de su superior. Lo lanzó al lavabo con una curvatura perfecta.
—La próxima vez que vayas a pegarte con cazadores, dame un toque, así al menos nos iremos todos a la mierda a la vez.
—¡No eran cazadores! —Dyma se giró y lo encaró, libre de cualquier atadura física. Lo que más odiaba era que le acusaran de no hacer bien su trabajo, debía dejar claro que él no se había equivocado. Jamás lo hacía—. Eran unos…
—Traficantes, drogadictos, bandidos, puteros, traidores… —le interrumpió, también le asqueaba que hiciera eso—. No me importa.
Mordekai lo acorraló contra la pared, con los brazos extendidos a cada lado. El agua había aplastado su corta melena rubia y las gotas se acumulaban en la barba de una semana que crecía sin control. Su boca estaba manchada de sangre negra. Al parecer, las garras no eran lo único que había hurgado en le herida de su espalda.
—Si uno de esos hijos de puta hubiera conseguido clavarte la daga, si tan solo uno hubiera logrado llegar más profundo entre tus costillas, más allá de lo que he llegado jamás, yo no…
El enfado inicial dio lugar a palabras masculladas que se perdían en el eco de la mampara empañada. Dyma sintió crujir los azulejos debajo de sus manos, al tiempo que el rostro de Mordekai se aproximaba y buscaba cobijo entre los mechones húmedos de su lugarteniente.
—Divagas —dijo el dragón, con la vista fija lejos de su interlocutor—. Siempre lo haces cuando te preocupas demasiado. No debes hacer ninguna de esas dos cosas.
Como respuesta, Mordekai empezó a convulsionarse en una risa profunda de significado ambiguo. Su cuerpo desnudo vibraba contra el de Dyma, que no supo cómo interpretar la situación, no se le daba bien nada que tuviera relación directa con su jefe. Bueno, una sí. Alzó las alas y envolvió a ambos, como un aterciopelado manto escarlata.
—Mordekai —le llamó en un susurro, y se acercó más, hasta que las gotas que se escurrían entre sus vientres desaparecieron, evaporadas por el calor—. Mord —repitió, mordisqueando con los dientes, afilados por la transformación, el lóbulo de su oreja y bajando por el hueco de su garganta.
Se separó y sus ojos negros, sin iris ni pupila, se vieron reflejados en otro pozo de oscuridad del que no tenía nada que envidiar. Mordekai sonrió, mostrando la ristra de colmillos que ansiaba carne blanda que marcar. Atrapó la boca de Dyma y la sangre, del mismo color que sus miradas, se mezcló entre sus lenguas. Sus manos se perdieron por debajo de la cintura, buscando, apretando y tirando, movidos por una necesidad más antigua que la propia humanidad. Las extremidades del líder de la Hueste se volvieron ásperas y duras, tomando la forma de escamas negras que conservaban el fuego contenido en su interior, solo aplacable por alguien como su Segundo.
El cuerpo de Dyma cambiaba a cada caricia, más intensa y profunda, con un anhelo casi doloroso. Alzó la cabeza, con el gesto retenido en un grito silencioso, cuando sintió las púas de su espalda arañando la pared y la columna vertebral se retorció debajo de su piel hasta formar la cola de un reptil, más fina y que manejaba igual que un látigo. Chasqueó en el aire y se enroscó alrededor del brazo de Mordekai, reduciendo su movilidad, controlando su dominio sobre él. No se dejaría ganar con facilidad y sabía que eso le excitaba más.
La piel de Mordekai estaba ardiendo y brillaba con una luz antinatural, que prendía desde el centro de su pecho y se extendió. A Dyma su contacto no le molestaba, estaba acostumbrado a las quemaduras. Su jefe, con la fuerza propia de los de su especie, lo agarró por debajo de los muslos y lo alzó. Lo empujó contra la pared y las alas que les proporcionaban intimidad se separaron; el calor acumulado que se liberó de golpe provocó que el cristal del espejo se resquebrajara. Dyma le rodeó con las piernas y los brazos, recibiendo cada embestida con el rostro hundido en el cuello de Mordekai, mascando el hueso de la clavícula que asomaba, tentador, entre los pliegues que se protegían del cuerpo del daemon. Deseaba arrancárselo, despedazarlo y triturar hasta extraer el tuétano para sorberlo. Quería romperlo y devorar cada minúsculo fragmento que contuviera su olor a eucalipto, tabaco turco y aceite. Desmenuzarlo y hacerlo suyo, para siempre.
Las acometidas subieron de velocidad. Por un instante la estancia se ahogó en un suspiro contenido. El oxígeno desapareció y de sus fosas nasales solo salía humo y palabras en la lengua de sus ancestros. Mordekai aproximó su rostro una vez más y sus bocas se unieron. Su lengua le abrasó por dentro y cada nervio de su cuerpo se erizó. Su sabor era tan… Dyma clavó las uñas hasta rozar el hueso cuando alcanzaron el orgasmo. Sus entrañas clamaban en una danza entre el dolor y el placer, en una vorágine de sensaciones de las que desconocía su origen y final, pero que comprendía su razón de ser.
Se separaron en silencio, sin perderse de vista, y contemplaron la evolución en el cuerpo del otro, admirando con calma el retorno a su aspecto humano. Volvieron bajo la ducha y el agua limpió su nueva apariencia. Era difícil discernir entre el hambre y el sexo, solo ellos podían llegar a comprenderlo y a asimilarlo como parte de ellos. Porque en la mirada de su jefe, Dyma percibió el apetito voraz que siempre despertaba en él y compartía. Al principio le costó, pero hacía décadas que lo había aceptado, desde el momento en que se inclinó frente a él y agachó los hombros para ofrecerse como su lugarteniente. Porque él era su Segundo y su confidente; sería su escudo y su espada hasta el final. Daría su existencia por él. Porque era el fuego que alimentaba al dragón.
   


Derechos reservados por la autora, Enara López de la Peña / Imagen de InkyDemon

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