domingo, 10 de abril de 2016

XXXIII Aarón — Aprendiendo la lección





“¿Es de noche?”. Sí, definitivamente era de noche. Aarón lo sentía en cada partícula vibrando debajo de su piel, como un millar de insectos que picoteaban la carne muerta y rebuscaban entre los órganos un lugar donde alimentarse y reproducirse. 
“Tengo hambre. No, es sed. Es hambre y sed”. Lo mismo daba, el escozor al fondo de su garganta se debía a esa razón. Y la sequedad en los ojos, las manos agrietadas y los músculos acartonados y doloridos. “No, de eso ya no hay. No es dolor, es…”. El sonido de las finas patas de una araña recorriendo su pantalón vaquero lo sacaron de sus pensamientos. La cogió y se la llevó a la boca. Escupió. “Una gota de sangre”. No sirvió ni para darle un triste consuelo. Suspiró.
Era incapaz de contar los días que llevaba ahí metido, entre cuatro paredes grises y una puerta. A primera vista parecía endeble, pero la culpabilidad tenía barrotes más gruesos que le impedían escapar. “Cris, Cris, Cris…”. ¿Estaría bien? ¿Le habrían dado el alta en el hospital? ¿Se acordaría del ataque en su apartamento? Tesh debió encargarse, era su tutor temporal, así que borraría las pruebas que unían su desliz alimenticio con la comunidad.
Sin embargo, eso no era suficiente para enmendar el daño que había hecho y ya fuera por las viejas leyes o por el arrepentimiento que ahogaba su marchito corazón, se merecía un castigo. Las ofensas de sangre se pagaban con sangre, y una humana al borde de la muerte costaba una mano, tal vez un brazo, dependiendo de su valor para los suyos. Si era la protegida del Kral, el líder de la comunidad, o pertenecía a alguno de sus hermanos podía incluso perder la cabeza, y eso no se regeneraba.
—Aprenderás la lección. —Aarón todavía recordaba las palabras de su Kral, Luka, el día que se declaró culpable en la Sala Central—. Te enseñaremos la importancia de los secretos. Sin ellos no estarías aquí, bajo mi techo, no tendrías dónde cazar ni dónde guarecerte. Una humana muerta habría puesto en evidencia los cimientos de nuestra sociedad. No podemos permitirnos ni un fallo más.
Lo encerraron y desangraron. Luego tocaba esperar. “El castigo del hambre”. Habría preferido unos latigazos en público.
El dominio sobre la sed apenas le duró unos días. Poco tardó en morderse la muñeca y vomitar su propia sangre. Los vampiros no estaban hechos para comerse entre ellos. Ni a sí mismos. Aarón se miró el antebrazo y observó que las heridas no sanaban como antes. “Me queda poco”. ¿Qué pasaría al final de su final? ¿Volvería a morir? ¿Sería igual de doloroso? “Qué más da. A la mierda. A la mierda con todo”.
Le habría gustado tener fuerzas para sonreír, pero apenas podía moverse. Y cuando los golpes en la puerta lo sobresaltaron y quiso esconderse en un rincón, las piernas no le respondieron.
—¡No me vengas con gilipolleces! —La voz chillona de la mujer resonó en el cuarto oscuro. No hablaba con él, pero igualmente lo intimidó—. Ya estás tardando en ir corriendo al Kral para chivarte, ¡me importa una mierda! Yo no pienso quedarme aquí viendo cómo dejáis a mi hermano resecarse como un puñetero lagarto al sol.
Layla entró como un elefante en una cacharrería, era increíble cómo podía hacer tanto ruido en un espacio tan pequeño. Encendió la luz que cegó por un segundo a Aarón y fue hasta él con el taconeo de sus botas altas haciendo eco en sus sensibles oídos.
—Vamos, enano, salgamos de aquí.
—Lay… —gruñó más que hablar. No reconoció su propia voz.
—Ese asqueroso griego va a lamentar haber descuidado tu protección.



Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku

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