domingo, 14 de febrero de 2016

XXXII Katya — Medio latido



—¿Ves cómo no ha sido para tanto?
Katya dio un respingo y las llaves sonaron estrepitosamente cuando cayeron al suelo. Gideon la había estado esperando en su casa. Tenía la espalda apoyada en la pared y, con los brazos cruzados sobre el pecho, la observaba con el inquietante brillo que le otorgaba la oscuridad del pasillo a sus pupilas.
—Dámelo.
En su voz se mezcló el embrujo de la sangre y aunque ella hubiera querido negarse, habría sido incapaz. La tenía atrapada.
—Toma tu maldito pendrive —dijo y se lo lanzó. Él lo cogió al vuelo—. Creía que me esperarías a la salida de la universidad —añadió con mal disimulado rencor.
—Imposible, él podría haber detectado mi presencia y el plan habría fallado. —Guardó el minúsculo objeto en su bolsillo y curvó los labios en un amago de sonrisa—. Lo has hecho bien.
—No, no ha estado nada bien —le reprochó ella, pasando a su lado hacia el salón y dejando el bolso de forma brusca sobre el sofá—. Acabo de traicionar a mi jefe, he estado husmeando en su despacho y le he robado. Me siento…
Se llevó las manos al rostro y, olvidando el maquillaje, ensució sus mejillas con pintalabios. «Eres veneno en mi vida», quiso decirle, pero la sola idea de poner aquellas palabras sobre su lengua le escocía, porque implicaba aceptar que necesitaba la endemoniada presencia del vampiro para que su existencia cobrara sentido. Y eso la hacía sentirse peor.
—Kat.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Katya, creando agradables calambres que insuflaban los nervios de su piel. Fue su forma de pronunciarlo, breve, profunda e intensa. «Una sola palabra y soy suya». ¿Dónde terminaba el vínculo de sangre y empezaba su anhelo más oscuro? ¿En qué parte de su ser se dividía el deseo de la dignidad? ¿Acaso había olvidado el significado de la libertad? ¿De las opciones, de poder decidir sobre el cuerpo de uno mismo y de sus acciones? ¿Alguna vez había vivido sin que le dieran órdenes? ¿Sin esa necesidad unilateral? Era incapaz de recordarlo.
Su infancia y su juventud siempre habían estado delineadas con marcadas pautas. Un paso en falso equivalía a una reprimenda, incluso a un bofetón. Ella había sido Katharina von Rosenzweig, respetable hija y prometedora heredera del apellido familiar. «Hasta que apareció Gideon». No, ocurrió antes. Cuando probó el tacto de las cuchillas sobre sus muñecas, el sabor del whisky de importación con las pastillas de su madre. Fue una semana antes de Navidad. Sus padres sonreían orgullosos mientras le presentaban al que sería su futuro marido, la ubicación de su flamante casa y su lugar en la sociedad hasta que los huesos se rindieran y buscaran un hueco entre la tierna y húmeda tierra.
—Kat, schön. —Volvió a llamarla y ella se giró.
Los ojos bicolor del vampiro la observaban. Jamás averiguaría lo que ocultaba tras sus misteriosas pupilas, hacía tiempo que había desistido de buscar algo más que cariño ocasional en aquella criatura. O eso se repetía a menudo.
«Debería mandarlo a paseo». Hubo un tiempo en que jugó al peligroso juego del escondite, de los rechazos y de las puertas cerradas a cal y canto. Era absurdo. Lo que él quería, lo conseguía, «y con una simple humana como yo, el objetivo es más que fácil».
Gideon la rodeó por la cintura y posó los labios en la comisura de su boca, descendiendo por su mentón, dibujando su mandíbula con besos que inflamaban su piel. Las ávidas manos del vampiro levantaron su blusa y se adentraron entre los pliegues de encaje del sujetador. Katya suspiró. Sintió el roce de sus colmillos al tiempo que desabrochaba el botón de sus pantalones y enredaba sus dedos entre el vello ensortijado de él, alentada por ese conocido apremio que la embargaba con su sola presencia. Gideon gruñó contra su cuello y atrasó el instante del mordisco. Por unos segundos ella tuvo el poder, dominando sobre su cuerpo, que contenía cada gemido de placer debajo de su oreja. En apenas un instante su posición varió y dejó de ser la presa. «Es su peculiar forma de agradecérmelo», pensó en la neblina del deseo. Cerró la mano con fuerza y como respuesta él clavó los dientes. No hubo dolor, tan solo la satisfacción de saber que durante medio latido Gideon le había pertenecido.



Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku

4 comentarios:

  1. Durante medio latido... Ains. Me encanta.

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  2. ¡Hola! Acabo de descubrir tu blog mediante la iniciativa Seamos seguidores, me quedo por aquí y te enlazo la dirección de mi blog para que puedas pasarte.
    abriendopuertasdepapel.blogspot.com
    Me ha encantado el fragmento, estoy deseando leer más.
    ¡Nos leemos! Besos

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    1. ¡Hola! Gracias por comentar. Ya te sigo y me encanta el estilo de tu blog, entraré muy a menudo :D El dibujo de tu perfil es una pasada. Espero que te guste la continuación de la historia.
      ¡Nos leemos!

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  3. Cuánta intensidad en tan pocas líneas =0
    Ya me queda menos para ponerme con Amapola de Sangre, te aviso.
    Por cierto, como imagino que seguramente te encantan estas cosas, te he nominado a los Liebster Awards!, por si nos dejas que te conozcamos un poquito mejor^^
    http://losfragmentosdeldestino.blogspot.com.es/2016/02/liebster-awards.html
    Un beso!

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