domingo, 13 de septiembre de 2015

XXIX Matt — Cólera roja



El dolor en la mano fue fácil de ignorar, al principio. Sabía que después la muñeca estaría hinchada y necesitaría hielo. Le escocería y molestaría durante un par de días. Sin embargo, no podía parar. Simplemente no podía. Fue como si un desconocido mecanismo de su mente se hubiera activado, como un motor oxidado que de repente funcionaba a todo gas. Era rabia, impotencia y celos. No sabía lo que significaba esa palabra hasta que los vio tan cerca, en un momento tan íntimo. “Y yo pintaba tan poco”.
El agudo pinchazo en los nudillos tampoco lo sintió.
Era la segunda vez en su vida que su cerebro se apagaba de esa forma. La primera fue con su padre. Los recuerdos apenas formaban una secuencia completa, tan solo fogonazos de breves imágenes. Gritos. El momento en que las palabras se atascaron, incapaces de entrar en su cerebro, y ambos se dejaron llevar por un impulso primitivo. El bofetón apenas lo notó. Matt tenía el rostro tan encendido de rabia que las mejillas se habían vuelto insensibles. Podría haberlo soportado, como otras tantas veces. Callarse, asentir y buscar un hueco donde meter la cabeza.
Podría haberlo hecho, si no hubiera pegado a su madre. En un instante de reencontrada valentía, la señora Lockhart se enfrentó a su marido, que respondió a la impertinencia de su esposa cruzándole la cara. El mundo se movió un milímetro y a nadie excepto a su hijo le importó. La explosión de ira bloqueó sus sentidos y dejó que sus manos cobraran vida propia. Golpear, recoger, golpear. Los entrenamientos habían fortalecido sus músculos y apenas estaba cansado. Habría sido fácil seguir destrozando a puñetazos a su padre, pero el frío lo detuvo. Unos dedos helados, aferrándose a su nuca, conteniendo a duras penas los casi noventa kilos de energía juvenil. Su madre llevaba unos desesperantes segundos gritando junto a él y lo único que había captado era el roce de sus manos. Matt se paró y cayó en redondo. Hubo policía, hospitales, reposo, mentiras… Tenía 18 años cuando se fue de casa con intención de no regresar. No volvió a hablar con su padre hasta que Tesh intercedió para que le permitieran acabar la carrera en esa universidad que adoraba.
Tesh.
El mismo que ahora aferraba, también con dedos helados, su nuca. Sus ojos brillaban, transformando el iris en ámbar pulido.
—Matt, estás sangrando.
Él se miró la mano, desubicado “¿me ha mordido?”. ¿Cuándo se había descontrolado de esa manera? ¿En qué momento los desconocidos celos se habían apoderado de su cuerpo y decidido machacar a cualquiera que estuviera cerca de Ariadna? ¿Cómo…?
—Matt…
Su novia, Ariadna, permanecía a su lado con la expresión congelada entre el pánico y la preocupación. “Está así por mi culpa”. La empujó con suavidad y se incorporó, “¿cómo he acabado en  el suelo?”. En el impulso iba a ayudar a Tesh a levantarse, pero la vergüenza hizo que retirara la mano en el último momento. De reojo vio que su rostro estaba intacto, con un leve corte en la mejilla. Los nudillos de Matt, en cambio, estaban despellejados y sangraban.
“¿Cómo he llegado a esto?”.
Sin tiempo a preguntarse cómo era posible que él, antiguo jugador de rugby que doblaba en peso al profesor adjunto, fuera el más herido de los dos, salió como una exhalación de la cafetería.
—¡Matt!
Ariadna corría tras él, tratando de alcanzar sus grandes zancadas mientras el aludido aceleraba el paso. “Vete”, quiso decirle, “aléjate de mí, aléjate de este monstruo”.




Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía de Laura Makabresku

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