domingo, 14 de junio de 2015

Stranger in a strange land (2)



Enemy of mine, I'm just a stranger in a strange land.
Running out of time, better go, go, go!
(30StoM)

Una mano. Lo primero que vi fue una mano con las uñas pintadas de un rojo burdeos desconchado. Joder. ¿Qué demonios? La bolsa no era tal, sino más bien una cortina de ducha semi-transparente con un estampado asimétrico. Mierda. ¿Qué coño era eso? Hallé la respuesta al vislumbrar los largos mechones rubios teñidos de sangre. Distinguí piel blanca, trozos de carne rosa y manchas grisáceas, comprimidos entre cinta aislante y plástico grueso. Mis ojos se clavaron en el dueño del coche.
—¿Qué? —El taxista se encogió de hombros, como si tener un cadáver en el maletero fuera lo más normal del mundo.
Miré a mi compañero, incapaz de reaccionar con lógica, y vi con asombro cómo sus rasgos cambiaban de forma drástica. Su boca se ensanchó, mostrando unos afilados colmillos, su piel palideció y los ojos brillaban en la oscuridad. No me observaba a mí, sino a los restos de la chica plastificada. A pesar de la impresión, pude reconocer en su mirada de animal salvaje un hambre voraz.
—Mic… —No podía ser real, nada de aquello estaba ocurriendo. Era una pesadilla, otra más en mi lista de viajes cerebrales durante el insomnio, en el punto intermedio entre lo tangible y los dragones de ceniza, acero y fuego que habitaban mis más temibles fantasías. No era real, no lo era… Alargué la mano hacia la funda de mi arma reglamentaria, permitiendo que el instinto se interpusiera a la razón y…
Sentí un dolor agudo en la nuca. Intenté girarme para ver a mi agresor y en su lugar me encontré con dos pozos negros y una boca llena de dientes afilados, torciendo el gesto en una expresión de fastidio. Un monstruo más, otro de tantos que amenizaban mis sueños, sonreía amargamente mientras caía en la quietud más absoluta.
—Joder, podrías haber mantenido un poco más el encanto. —Era la voz de Micah. Mi cuerpo no respondía, sin embargo escuchaba perfectamente los movimientos a mí alrededor. Debía estar en shock para que el pánico no me hiciera enloquecer.
—¿Por qué? Sabías lo del cadáver y aun así le dejaste abrir el puñetero maletero. —Oí bolsas siendo recolocadas, algo viscoso entrechocando y un portazo, el maletero siendo cerrado con ímpetu—. No me engañas, vampiro, seguro que lo has rastreado hasta aquí, como un perro que olfatea el aire y descubre un chuletón.
—Déjate de gilipolleces. —Pasos, pasos. Dedos fríos en mi garganta. Un fuerte resoplido y la sensación de tirón en mi cintura. Adiós a mi pistola—. Eras… ¿El mestizo? El Kral me avisó de uno de los tuyos por la zona.
—Claro, claro —le cortó con rudeza, seguro que me tenéis en una de esas fichas con fotografía y todo. Lo veo: Mestizo. 45 años. Hijo de Eligor, Gran Duque y Gran Cabrón, hermanastro de Mordekai, líder de la Hueste de Dachnoye, y algún bastardo más. —Un mechero chasqueó y percibí el denso aroma del tabaco. El asesino aspiró con fuerza—. Por cierto, es Sasha. Puedes llamarme así.
—Micah.
—Entonces… ¿te encargas tú?
Noté unas botas cerca, demasiado próximas a mi cabeza. Pensé en bestias y hormigas.
—Los daemon sois unos malditos vagos.
—¡Eh, un respeto! Solo soy mitad vago. —La carrocería del coche crujió bajo el peso del tal Sasha—. Además, para eso estás aquí, ¿no? Para poner orden y controlar a los descarriados como yo.
—Cállate. —Micah cogió su teléfono móvil y habló rápidamente en un extraño idioma, con palabras afiladas, cortantes y breves—. Un equipo de limpieza está de camino.
—Estupendo.
—Y yo que tú tiraría ese trasto.
—En eso estaba… ¡Ah! Te refieres al coche. —De nuevo noté el olor a humo e imaginé su rostro, iluminado por el cigarrillo, proporcionando un destello obsidiana a sus ojos sin fondo—. Ya, sí, cuando vuestra Comunidad me pague los gastos de transporte que me debe o el líder de mi Hueste me conceda la indemnización por ensuciar y sobrecargar el taxi con sus recién despertados. —Dio otra calada—. ¿Qué harás con él?
—Lo de siempre.
—¿Borrón y cuenta nueva? —Micah debió asentir—. A este paso acabarás con su cerebro. Mis hermanos son mejores que yo con los trucos mentales, pero puedo captar cómo has hurgado más de una vez en sus recuerdos. —Se incorporó de un salto, pisando y arrastrando pequeñas piedras que llegaron hasta mi inerte mano—. ¿Qué fue? ¿Los disturbios de Avtova? ¿La sangría en la frontera del año pasado? ¿El asesino de crías de Ulyanka? La poli lleva una racha impresionante, parecen buenos y todo.
—¿Recuerdas la matanza de uno de los hogares de la Comunidad junto al río Nevá? —dijo mi compañero con solemnidad.
—Oh, sí. —Soltó una grave y oscura carcajada—. Se os fue un poco de las manos.
—Pues él es uno de los supervivientes.
Sasha chasqueó la lengua.
—Tendrá pesadillas —concluyó.
—Es preferible al método clásico.
—Supongo. —El mestizo tiró la colilla, apagándola contra la suela de la bota. A continuación escupió al asfalto a escasos centímetros de mi rostro—. Humanos, ¿eh?
—Claro, humanos —La manera en que Micah pronunció la palabra me produjo un escalofrío—. No puedes vivir con ellos ni sin ellos.
Sentí la cercanía de su mano, congelada, posándose en mi frente. Acarició mis cabellos, igual que un cachorro abandonado siendo reconfortado. Mi mente era un remolino de frases inconexas e imágenes frescas. Volví a oler la sangre, la carne en descomposición y el vómito ajeno. Intenté suplicarle que acabara con esta locura. No más esqueletos en el armario, no más  noches en vela. Fue en vano. Y hasta el último instante, hasta el momento en que, meses después, puse en mi boca el cañón de la nueve milímetros, las pesadillas jamás cesaron.




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 Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Nikyta Gaia

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