viernes, 29 de mayo de 2015

DVADTSAT.



La presencia de Mordekai amarga el delicioso sabor que tenía en la boca. Cuando finalmente consigo pillar por sorpresa a Di y besarla, el muy idiota viene a cortarnos el rollo o a matarnos, que es lo mismo. Veo por el rabillo del ojo cómo la bruja saca del bolso la daga, hasta ahora innecesaria, y se prepara para lanzarse a por el demonio. Es demasiado ingenua, sabe que no está en condiciones y aun así… Me pongo frente a ella de forma protectora a pesar de su mirada reprobatoria.
—Sé cuidarme sola.
—Ambos sabemos que en este preciso momento eso no es verdad, cielo. —No necesito alzar la voz para que el otro me oiga, así que sigo hablando en un susurro de rabia contenida—. ¿Qué quieres, Mordekai?
El demonio dobla la rodilla y apoya el pie en la rueda de mi taxi, sin apartar la vista de la navaja automática con la que juguetea. Viste completamente de negro, con una cazadora acolchada de motorista que combina con las botas y los pantalones protectores. Es pura fachada, en realidad no necesita nada de eso. Puede que ni haya traído el casco con tal de conservar su rubia cabellera meticulosamente peinada hacia atrás, con algún mechón que cae con calculada precisión. Se pasa la mano por la asimétrica barba de una semana y después me señala con la punta de la hoja.
—A ti, hermanito. —El filo de la navaja entra y sale del mango de forma rítmica, siendo el único sonido que inunda el claro, además del de mi propio corazón y el de Diona, tan rápido como el aletear de un pajarillo—. No voy a dejar desamparado a uno de los renegados preferidos de papá. —Sonríe con sarcasmo y lanza la navaja a mis pies, clavándose en la tierra congelada—. Y menos sin que pague lo que me debe.
—Eres un mentiroso, en el fondo sé que me adoras.
Agarro el mango de nácar pulido y me aproximo a él con paso firme, asegurándome estar en la trayectoria entre su perturbadora mirada y el relativamente indefenso cuerpo de Diona. Cuando nos quedan un par de metros para encontrarnos, le lanzo con la mano buena de nuevo su navaja y él, a cambio, me devuelve un par de pequeñas piezas metálicas, alargadas y redondeadas al final. Un par de bujías.
—Para que no me escaquee, ¿eh?
—Chico listo, te enseñamos bien.
—Pero no lo suficiente.
—No, con un mestizo nunca es suficiente… —Me mira con ese aire condescendiente que no soporto pero que sé que en momentos como éste puede ser muy útil. Es la típica mirada de hermano mayor, sabiondo y protector. Mucho mejor que la de líder de una banda de cabrones daemon—. Te tenía vigilado desde que llamaste. Siempre acabas con la mierda hasta el cuello y sabía que esto no iba a ser una excepción. Además, últimamente las relaciones entre las razas están tensas, y un problema en los límites de dos territorios podría ser la chispa definitiva. —Observa el cuchillo un momento, como si comprobara que efectivamente es el suyo, y empieza a jugar con él otra vez—. Estáis a menos de media hora de la frontera, pareja de gilipollas.
Sus insultos me resbalan y suspiro a la luna de barriga abultada. El cielo se torna ligeramente más opaco, anticipando el inminente amanecer. Llevamos más de veinticuatro horas de un sitio a otro, con un secuestro, dos intentos de fuga (una exitosa), cuatro asesinatos conocidos (la novia, la puta y los vampiros) y un beso inolvidable. Mi cuerpo y mi mente no tardarán en recriminármelo, a pesar del tentempié exprés. Después de esto debería tomarme un mes de vacaciones. ¡Ja! Ya, claro que sí, sigue soñando Sasha…
—¿A quién os habéis cargado esta vez? —pregunta. Ha debido captar el aroma a descomposición y piel muerta en mi abrigo.
—Éste no es tu territorio y estás muy lejos de tu hueste —le recuerdo—. ¿De verdad te importa, hermano?
Él sonríe con prepotencia y al devolverme la mirada pestañea dos veces, con los párpados del disfraz humano y las membranas de demonio. Me alegra no haber heredado un rasgo tan repugnante, algo bueno debía tener ser un mestizo.
—No. —Alza la mirada, más allá de las copas de los árboles, hacia el mismo lugar de donde me vino el olor a cadáver, entorpeciendo mi brillante actuación con la psicópata de Suka—. Que haya una panda de vampiros a unos tres kilómetros de aquí, una furgo oficial de su comunidad y que apestéis a sangre muerta me la trae floja. —Evito mirar de reojo a Di—. Tengo una hueste que alimentar y un distrito que proteger, solo quiero saber si lo que sea que has hecho nos dará problemas.
—¿A largo o corto plazo?
Mordekai abre la boca, mostrando su afilada dentadura, y suelta una larga y sonora carcajada que hace retumbar mi pecho.
—Eres la hostia, hermanito. —Simula secarse una lágrima causada por la risa—. Venga, ahora en serio, ¿todo bien?
—En nuestro territorio, de puta madre.
—¿Y los vecinos?
—Pasando.
—Ya, claro, genial. —Frunce el labio y trastea con la navaja por última vez—. Creo que voy a mandar un par de chiquillos al Óblast de Nóvgorod, por echar un vistazo, ya sabes.
—Como quieras.
—Así es, como yo quiera. A partir de aquí no pintáis nada. Largaos. —Se endereza y estira los brazos por encima de su cabeza, destensando los músculos que había preparado para contraatacar. Pienso en la daga de Di y en la distancia que nos separa—. Cuídate, Sasha, papá te envía saludos y… —Lanza una sugerente mirada a Diona, llena de intenciones, antes de darnos la espalda y dedicarle una sonrisa lujuriosa—. Dile a tu amiga que los daemon no olvidamos.
En cuanto abandona el claro, Diona aparece a mi lado. Esgrime la daga de su madre entre las dos manos y su expresión es cualquier cosa menos amistosa.
—¡Hay más vampiros y no me habías dicho nada?
—Sí, bueno… —Esquivo a la izquierda, luego a la derecha. Finto hacia el otro lado y la rodeo, cogiendo su delicada muñeca entre mis dedos y controlando su movimiento. Aprieto con suavidad, lo justo para que la presión la obligue a soltar el arma.
—Vámonos a casa. —digo junto a su oreja y me separo antes de que me fulmine con una palabra. Abro la puerta del copiloto, invitándola a entrar—. Enchufo las bujías y nos ponemos en marcha.
—¿Qué? ¡No! —grita mientras recoge la daga del suelo y la limpia contra el muslo. Al menos no vuelve a intentar clavármela—. Suka no está muerta del todo, los refuerzos que han llegado la rescatarán y se curará en unas horas. ¡Tenemos que ir a por ella! —Parece hasta sorprendida por mi actitud. ¿Más problemas? No, gracias.
—Ni hablar. Los muertos a los muertos y tú y yo nos merecemos una buena cama. —Ella enarca una ceja—. Por separado.
—Pero…
Subimos al coche, arranco y enfilamos hacia San Petersburgo, de vuelta al hogar. Todavía siento los huesos molidos y la mano machacada por la brutalidad de la vampira y su improvisada estaca. Calmo la crispación tamborileando los dedos sobre el volante, con el cosquillear de los nervios desentumeciéndose. Sería agradable si no fuera por su mirada de odio.
—Olvídalo, Dí. —Va a contradecirme con alguna agudeza mental o frase ingeniosa, pero la interrumpo—. No seas tonta, sabes lo que va a ocurrir: Mordekai mandará a dos novatos a Nóvgorod, seguro que a Maverick y a cualquier recién despertado. Harán unas preguntas, amenazarán, torturarán y darán con la colgada de tu amiga.
—O la cagarán, pegarán a quien no deben, matarán algún humano por el camino y Suka volverá para intentar matarme, otra vez. —Golpea con el puño cerrado su pierna—. Esto solo puede acabar de una forma, Sasha, y tú…
—Esto no va a acabar nunca.
La rueda de la venganza no se detiene por nadie. Eso lo sabe hasta la criatura más penosa de cualquier especie. El que entra no puede escapar. Aprieto los dientes, cierro los ojos un segundo y suelto todo el aire de los pulmones, despacio. Abro la guantera con brusquedad y localizo el último paquete de tabaco entero que me queda. 
No puedo mirarla, como me gire y cruce mis ojos con los de ella, caeré; en cuanto vuelva el rostro y su iris violeta me… Mierda.
—A tomar por culo. —Doy un frenazo en medio de la carretera que acabamos de tomar y realizo una peligrosa maniobra de 180 grados. Hacia Nóvgorod. Hacia nuestra perdición—. Puede que así al fin me cuentes toda la mierda que ocultas en esa ciudad. Además, o lo hacemos nosotros o se encargarán los cazadores. Será divertido. —La miro de reojo mientras enciendo el vigésimo cigarrillo del día—. Y sé que estás deseando ver la cabeza de esa zorra reventada por tus truquitos de magia. 
Ella me dedica una amplia sonrisa, de pequeños dientes blancos y adorables hoyuelos. Solo yo consigo sacarle esa sonrisa, o eso me gusta pensar. ¿Que por qué me dejo engañar así? Si supierais la mitad de las cosas que yo sé os aseguro que sabríais apreciar una buena amistad y, qué coño, ¿quién no se apunta a una deliciosa matanza por la mañana? ¿Eh, quién?

FIN.



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Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Estheim

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