martes, 12 de mayo de 2015

DEBIATNADTSAT.



Por un instante los labios de Alexandr vuelven a ser tibios y suaves gracias a la sangre de Sasha y otros mortales que late sutilmente debajo de su piel. A pesar del mito, el corazón de un vampiro continúa vivo, pero de forma mezquina, primitiva e inexplicable. Hay algo más que corre por sus venas, que recubre cada célula resucitada, cada nueva conexión cerebral creada. Una energía, una pulsación eléctrica… un poco de magia. Y yo se lo arrebato. Recupero lo que por ley natural pertenece a los míos y regresa de manera automática, sin dolor ni violencia. Abro los ojos y el alma de Alexandr me contempla, quiero pensar que, al fin, en paz. 
Su cuerpo cae a plomo frente a mí. Vacío. Completamente seco. Ya no se levantará más.
—¿Qué…? 
Suka masculla al antebrazo de Sasha, que la retiene contra su pecho. Al parecer en mi segundo de ausencia mental con Alexandr me he perdido una de las típicas peleas del medio demonio; breve, sucia e intensa. Lástima.
La vampira trata de zafarse sin éxito, obligando a Sasha a retorcer más su presa. Le miro de reojo y observo la sangre negra en la comisura del labio y la mejilla enrojecida por un puñetazo. Poco durarán las marcas. La bufanda ha desaparecido y muestra sin pudor una sonrisa de dientes manchados de brillante y oscuro granate.
—¿Los humanos? ¿En serio? ¿De dónde has sacado semejante bobada? —Dirijo la amenazadora mirada hacia los celestes ojos de la vampira, irritados e hinchados por la presión que está sufriendo su cráneo—. Mi poder es mío, proviene del aire, de la tierra, de todos vosotros. De él… —Debo mantenerme firme y evitar agachar la cabeza. No puedo flaquear—. Energía, magia… sí, llámalo como quieras porque es algo que jamás comprenderás.
Suka abre la boca y la cierra de golpe. Escucho el chirriar de sus dientes, cómo cruje la mandíbula y los huesos que le rodean. Aparto la mirada antes de que mi amigo taxista termine definitivamente con ella. Sin embargo, un extraño silbido hace que afloje la presa y alce el rostro, de repente concentrado en otro olor, otra presencia. Algo no me cuadra, y no soy la única que piensa igual.
Es entonces cuando la vampira aprovecha la oportunidad y se escabulle, resbalando de entre los brazos de su captor como una lombriz. Pero antes de ponerse a salvo, Sasha vuelve a atraparla por la muñeca, igual de fina y resistente que una barra de hierro. Ella tira con fuerza, respondiendo a las sacudidas del medio demonio con más ahínco, más rabia, más demencia. Estira el brazo que le queda libre, tratando de aferrarse al tronco del árbol más cercano, sin alcanzarlo. ‘Crac’, hombro dislocado, y ella se muerde hasta sangrar, ahogando el dolor en su febril locura. Así gana el centímetro que le falta y arranca con sus garras un trozo de corteza, tan alargada y afilada como una estaca. Voy a echar mano de mi daga para ayudar a Sasha cuando la sorpresa me paraliza y las Palabras se quedan incrustadas en mi tráquea; si no lo veo, no lo creo. En vez de clavárselo al medio demonio, Suka apunta hacia su propio antebrazo. Hiere la mano del taxista, que intenta retenerla entre sus firmes dedos. La hunde dos, tres, hasta cuatro veces, con precisión quirúrgica. Sus movimientos son veloces y a pesar de los esfuerzos de Sasha, tratando de atraerla para coger su pescuezo y partirle el cuello, ella le esquiva con increíble rapidez al tiempo que lanza certeras puñaladas a la unión de sus articulaciones. Finalmente, la madera fresca se parte dejando astillas entre la carne muerta. Tira y tira y… la mano se separa de la muñeca, desencajando el hueso en un atroz grito de dolor. La muerte no es inmune del sufrimiento, al menos el físico.
Suka echa a correr dejando un reguero de flores rojas entre la nieve marrón. Se escapa, maldita sea, se está escapando delante de mis narices. Voy a salir en su busca cuando Sasha aparece frente a mí, frenando de golpe mis intenciones.
—¿De verdad quieres adentrarte en el bosque, de madrugada, en febrero, para dar caza a una asquerosa vampira? —Tuerce la boca en una mueca excesivamente dramática—. ¿Estás de coña?
Como si se acabara de dar cuenta, lanza el miembro amputado hacia los arbustos, deshaciéndose de él igual que una rama podrida. El medio demonio demuestra una vez más su autocontrol, dominando su instinto depredador. No hace más que dejarme en mal lugar.
—La muy perra no puede irse de rositas —le increpo—. ¡Mira lo que ha hecho! 
—¿De rositas? —exclama mientras restriega la palma de la mano contra un árbol, dejando trocitos de sangre coagulada y cartílago en el tronco—. Perdona, guapa, pero ha perdido un útil apéndice y mucha sangre. Morirá desangrada antes de llegar a las lindes del bosque. Estará seca. Fin. Caput.
—Espero que tengas razón… —Ahogo una risa amarga, enterrándola en el fondo del corazón junto a las lágrimas de impotencia—. Ha matado a Alexandr. —Contemplo al vampiro, mi antiguo profesor y algo más por una noche, inmóvil, con el rostro ladeado hacia donde ha huido su creadora—. No, lo he matado yo, ha sido por mi culpa.
—No digas chorradas —Sasha se pone a mi lado y apoya la mano en mi hombro, en un amago por consolarme—. Sabes que a los cadáveres andantes les encanta involucrar a inocentes en sus retorcidos planes. —Sus dedos caen sutilmente, acariciándome el antebrazo—. No te culpes, Di. ¿A estas alturas vas a ponerte a llorar por un muerto? ¿En serio? Es una pérdida de tiempo y no merece la pena hacerte daño así. —Roza mi muñeca, medio oculta en el bolsillo—. Aunque me encanta cuando te pones sensiblera, con esos tiernos remordimientos humanos. Digas lo que digas, la muerte no es lo tuyo.
Puede que haya un toque de admiración en su voz, puede que sea de compasión. Me deshago de él con suavidad y comienzo a caminar en línea recta. Sin mirar atrás, chasqueo los dedos y susurro una de mis palabras favoritas. Los restos del difunto Alexandr comienzan a arder. Al menos puedo usar su último regalo para dedicarle una pira funeraria. Que Suka se pudra entre el barro y la nieve sucia, esté donde esté.
Me giro con intención de regresar al cálido coche cuanto antes, estoy empezando a destemplarme. Sin embargo, al quinto paso las rodillas me fallan y Sasha me coge en volandas a traición, con una amplia sonrisa de pedante satisfacción.
—Te advertí que seguías débil, bruja cabezota.
—Suéltame —refunfuño contra su pecho.
—No.
—¡Que me sueltes!
No lo veo venir y aunque lo intuyera sería prácticamente imposible sortearlo. Sasha inclina la cabeza y atrapa mi boca. Al principio el beso es forzado, de encías apretadas y dentadura cerrada, pero sus labios se amoldan a los míos con facilidad e insospechada naturalidad, y poco a poco le permito que me roce con su lengua, que se adentre lentamente, compartiendo ese intenso deseo reprimido que nos define. Siento sus dientes, afilados como pequeñas agujas, eludiendo con destreza la carne y alejando la tentación de probar mi auténtico sabor. El esfuerzo por contenerse palpita a su alrededor y hace vibrar su piel. Tal vez no se transforme como sus primos y hermanos, pero la energía demoníaca sigue otorgándole un poder apabullante que podría desencadenarse con una simple gota de sangre. Aunque se ha alimentado recientemente puedo percibir su hambre por mí que crece con cada bocanada de aire que me roba. En cierto sentido me siento halagada. Se separa tras un eterno instante, con la misma sonrisa divertida anclada en el rostro.
—Deuda saldada — ronronea a un suspiro de mi rostro y yo le miro sin saber si se está burlando de mí—. ¿Acaso pensabas que te librarías de pagar? Recuerda lo que soy, y las tradiciones son las tradiciones. ¿O es que creía que un servicio de taxi completo, un secuestro, un asesinato, los amplios desperfectos a mi coche y la gasolina saldrían gratis? ¿De verdad?
¿Deuda? Claro, daemons y sus tratos. Casi se me olvida…
—Tendrías que habérmelo consultado. —Corto sus intenciones de raíz, arrugando la frente y mostrando mi más que evidente disgusto—. Lo que pasa es que eres un maldito envidioso…
—Puede ser, pero si no me has chamuscado el pelo es porque no ha estado tan mal, ¿no?
Ahí me ha pillado.
—No pienso decirte nada.
—¿Ni siquiera me hablarás de Nóvgorod? —Su voz cambia, endureciendo cada sílaba por la desconfianza y la curiosidad—. ¿O de los upyri?
Volteo la cabeza, rehuyendo sus penetrantes ojos. Parezco un bebé enfadado acunado entre sus brazos y la vergüenza enciende mis mejillas.
—¿Ni de Yaco?
Trato de pensar en alguna otra frase mordaz sobre sus absurdos celos cuando los pies del medio demonio se detienen a unos metros de donde hemos dejado el taxi.
—Mieeeeeeeeeeerda.
Sasha me deja en el suelo, permitiéndome caminar con algo de dignidad hacia el claro. Entonces le veo y comprendo su expresión. Aquí está nuestro misterioso motorista. Mordekai nos espera apoyado en la puerta del conductor, jugando con una navaja automática. El demonio me lanza una larga mirada de arriba abajo y se pasa la lengua por los labios de forma lasciva.
Mierda.



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 Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Stheim

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