viernes, 1 de mayo de 2015

BOSIEMNADTSAT.



La huelo antes de sentirla. A flores, a impaciencia y a estrés. Su perfume es una intensa amalgama de cansancio y café. Cuando la veo llegar, su presencia es como una aparición divina cubierta de cotidianeidad. Ha cambiado el vestido corto de anoche por unas botas altas y medias térmicas. Cubre su menudo cuerpo con una gruesa parka marrón y la capucha de pelo artificial enmarca su rostro, atenuando un destello que tan solo yo puedo apreciar y admirar.
Mi maestra tenía razón, ha venido. Pero acompañada.
Arrugo la nariz por la peste a alquitrán, aceite de motor y sangre fresca. Lo siento retorcerse en mi interior, recordándome que ingerí una parte de él y su esencia sigue recorriendo mis venas. Hasta que la expulse o se evapore, hasta que se mezcle con sangre viva o mi cuerpo lo absorba por completo. Hasta entonces, un fragmento de mi ser le pertenece. Es igual que firmar un contrato con un daemon.

El metish, el medio demonio, camina a dos pasos frente a ella. Enfundado en un abrigo de cuero ajado que le llega hasta los tobillos, lleva una larga bufanda negra bajo la cual oculta parte del rostro, dejando visibles unos temibles ojos opacos, sin iris ni pupila. No parpadea. Diona le adelanta con un rápido acelerón y se queda absorta, contemplando a mi maestra.

—¡Tú! Espera… ¿Tú!

Parece tremendamente desconcertada y, en su esfuerzo por juntar las piezas del rompecabezas, la capucha cae y la luz de la luna ilumina sus mejillas sonrosadas por la caminata. Sin embargo, ella no me mira a mí, de hecho, ni me ve. Sus ojos amatista, con el brillo más apagado pero la misma intensidad que el día en que nos conocimos, perforan la noche hasta llegar a mi maestra, mi creadora, mi amada.

—¡Qué cojones haces tú aquí!

Diona señala a mi ama y ella la observa con aparente calma. Solo aparente. En realidad, la indignación palpita a su alrededor y me alcanza, como un puño golpeando mi estómago vacío.

—Así que me recuerdas, bien, eso está bien.

—¡Cómo no iba a hacerlo! ¿En serio has planeado tú todo esto? ¿No vienes de la comunidad de Nóvgorod? ¿No es por los upyri? ¿Ni Yaco? —El silencio de mi creadora solo consigue aumentar el enfado de Diona—. Estás como una puta cabra, Suka.

—¿La conoces? —El medio demonio parece tan sorprendido como la bruja.

—Sí, estudiábamos juntas enfermería, no le caí bien, intentó matarme y le di su merecido —resume como quien recita la lista de la compra—. Supongo que haría algo más para acabar exiliada en otro territorio, aunque no me extraña viniendo de una zorra como ella…

—¡Cállate! No tienes ni idea, ¡ni puta idea! —La elaborada máscara de serenidad se resquebraja y mi maestra estalla, a un suspiro de lanzarse sobre la yugular de la bruja. Si no fuera por el mestizo esto habría acabado mucho antes—. Sabías que Alexandr me interesaba y aun así me lo quitaste, ¡tú! ¡Que podías tener a cualquiera! Así que te lo robé y ahora es mío. —Su sibilina sonrisa se ensancha con cada bocanada de aire de Diona, exhalando nubes blancas por las bajas temperaturas. El otro, en cambio, parece no respirar—. He descubierto el origen de tu poder, bruja. No me mires así, lo sé todo.

Se cruza de brazos y levanta el mentón con arrogancia, recobrando ese aire de superioridad calmada que embellece con su aspecto de princesa de hielo.

—Son los humanos —continúa—. Nosotros necesitamos su sangre, tu amigo mestizo, su carne, y tú, su energía. Aquí, en medio del bosque, no hay mortales, nada que te alimente. Estás indefensa, querida, a mi merced. —Muestra los colmillos, totalmente expuestos, y a pesar de nuestra unión, siento un escalofrío de terror—. Alex, ve a por ella y cumple tu promesa.

Asiento, obediente, y me pongo frente a mi antigua alumna y amante. Apenas le ha dado tiempo a contraerse y ya estoy frente a ella, a unos centímetros de su cuerpo, a unos milímetros de su cuello. Voy a hacerlo, voy a hacerlo, voy a…

—Lo siento. —Su melancólica voz paraliza mis sentidos. Vuelvo a estar en el destartalado salón, hambriento, débil y malherido, y su presencia es lo único que da sentido a cada segundo de mi existencia. Ella es la causa, la razón y el objetivo de todo dolor y placer. Ella es mi universo, mi epicentro, mi todo.
Y yo soy suyo.

Diona se pone de puntillas y el espacio que nos separa se difumina entre los perfectos copos de nieve. Su aliento acaricia mis labios y me deleito en su calor entrando en mi boca, llenando mis pulmones con olor a amapolas salvajes. El tiempo y la distancia desaparece y ella me besa. Es tierna y dulce, es inalcanzable. Es Diona. Todo lo que deseo reside en ese beso, y lo saboreo, porque en el fondo de mi marchito corazón sé que será el último.



<< SEMNADTSAT.

Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía de Out of Box.

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