martes, 14 de abril de 2015

SEMNADTSAT.



—¡Auch!

Me golpeo la frente contra la ventanilla del coche en lo que parece la undécima vez y Sasha se revuelve a mi lado en una risa burlona.

—Tendrías que haberme dejado esto a mí, Di. —Cuando habla su voz suena más dulce de lo habitual. Genial, ahora se compadece de mí.

—No, necesito ir.

—Lo que necesitas es una cama y dos días de reposo. —Su boca se ensancha con marcada socarronería—. Y conmigo cerca, cariño, solo podría ofrecerte una de las dos cosas.

Me guiña un ojo y yo le bufo. Es evidente que se ha alimentado recientemente; su piel ha recuperado el color natural, más vivo y humano, y la amplia sonrisa no desaparece ni a bofetadas. Eso, sumado a mi bajo estado anímico, físico y mágico, no hace sino enrarecer el ambiente dentro del vehículo. Me niego a convertirme en un lastre. Aprieto el bolso que reposa en mi regazo y siento la energía, la calma, el aire familiar a través de la tela. Meto la mano y acaricio con ternura la desgastada funda de la daga, regalo de mi difunta madre. Rozo el mango y el contacto me produce una ligera descarga de placer. Evidentemente, no es un arma común. Incluso Sasha se siente incómodo ante su presencia. Es del mismo tipo que usan los cazadores de la Orden.

—Llevamos más de media hora de viaje, ¿falta mucho?

—No, creo que no —contesta él y baja la voz, con los dedos tamborileando sobre el volante, hablando para sí mismo—. ¿Eso es una moto? Tal vez… No, no me gusta. No me gusta nada.

Quiero preguntarle qué ocurre, pero es inútil. Cuando se mete en su mundo no es fácil sacarle del ensimismamiento, y para una vez que se pone a pensar de verdad sería una lástima desperdiciarlo. Seguimos por la M10, una de las pocas carreteras decentes a las afueras de la ciudad. Los escasos árboles empiezan a multiplicarse, aunque hay que adentrarse más hacia Moscú para encontrar los típicos bosques frondosos e interminables de las postales turísticas rusas. Es lo que tiene vivir entre islas peterburguesas.

La nieve cae ahora con más fuerza y el chirrido del limpiaparabrisas va a volverme loca. Voy a quejarme de la mierda de taxi que conduce Sasha cuando éste abre la boca y me calla con una sola frase.

—Nos estamos dirigiendo al Óblast de Nóvgorod.

Joder. Nóvgorod, ¿en serio?

Nuestra sección, el Óblast Leningrad, y el Óblast de Nóvgorod pertenecen al Distrito Federal Noroeste. Sobre el papel apenas hay diferencias territoriales, pero en la realidad cada zona tiene su propia normativa, y no me refiero a leyes humanas. Tal vez por eso Mordekai no localizó a Alexandr, puede que sea un ilegal en San Petersburgo y no así en Nóvgorod. Estupendo, más complicaciones por un error administrativo.

Trago saliva de forma sonora. Mierda. ¿Por qué todas mis pesadillas acaban en el mismo lugar?

—¿Hemos llegado?

—No, pero no sé si ya estamos en su territorio, sabes que no son matemáticas exactas. —Comienza a mirar de forma compulsiva por el retrovisor—. Pasamos Ushakin y Lyuban hace un buen rato, así que…

…Así que estamos a un paso de meternos en un problema mucho más grande de lo que había calculado. Miro a Sasha y me muerdo el labio. Sabe que he tenido ‘historias’ en Nóvgorod aunque no intuye lo enrevesado de la situación. ¿Se lo cuento o no? ¿Debo empujarlo conmigo a este abismo de intrigas sin fin? ¿Hasta qué punto me protegería? ¿A mí, a una bruja, a su hermana? En medio de mi reflexión dejamos la carretera y nos adentramos por un camino de tierra, pavimentado de piedras y ramas retorcidas. Trato de ocultar mi nerviosismo entre las exageradas sacudidas del vehículo.

—Calma, Di —sigue él, analizando con su perfecta visión nocturna los bordes de la inestable ruta. Un zorro le devuelve la mirada—. Él está en la zona boscosa de Krasnogorsk, lo sé, por eso te he llamado antes. Además, no hacía falta que vinieras. Es peligroso, y más en tu estado.

—Estoy bien. —Mi suspiro suena más como un gruñido mal disimulado—. De verdad, olvídalo, ¿quieres?

Como respuesta tira de la palanca de freno de mano bruscamente y detiene el coche en medio de un claro. Dudo que un solo mortal haya pasado por este lugar en décadas.

—Voy a tener que aparcar aquí —dice Sasha con la vista fija más allá de los troncos y la nieve embarrada—. Queda medio kilómetro a pie, más o menos. Y tu vampiro no está solo, alguien le controla, siento su confusión mental. —Se golpea la oreja con la palma abierta—. Es la hostia de irritante.

Abro la puerta del coche con decisión y el viento cortante de febrero me recibe en el exterior. Me pongo la capucha y le doy la espalda al medio demonio, escondiendo el temblor de mis manos en los bolsillos de la parka.

—Bien, vamos a ver quién demonios quiere matarme.




 <<  SESTNADTSAT.
 BOSIEMNADTSAT.  >> 

 Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía de Out of Box

No hay comentarios:

Publicar un comentario