sábado, 14 de febrero de 2015

TRINADTSAT.



Es de noche. No necesito abrir los ojos para saberlo, cada célula de mi piel se despereza con el ocaso y las oscuras calles de San Petersburgo me reclaman. No, no solo las calles. Es ella. “Hazlo y ven, querido. Mi amor, mi nueva vida. Vuelve a mis brazos, regresa a mí. Mátala. Te estoy esperando”.
¡No! Está dentro de mí. Es un zumbido, un eco de su voluntad, suficientemente fuerte para que mi cerebro palpite, desquiciado. La siento hurgando en mi cabeza, luchando por dominar los restos de mi humanidad. La pelea es inútil. Perdí el día en que la conocí, y después cuando Sonja vino a visitarme, y también en ese callejón, antes de encontrarme con Diona. Oh, Diona. Su olor, su embriagador aroma a amapolas salvajes, a tierra húmeda y musgo blando. A energía pura, electricidad embotellada a punto de ser liberada. A aliento de recién nacido, tierno cuello de infante, a mujer floreciendo, dispuesta para el amor. Oh, Diona.

Me incorporo y camino hacia la entrada de forma automática. Debo encontrarla y cumplir con mi misión. Las órdenes de mi ama son sagradas, y si además consiguen saciar mi sed, obedeceré con gusto. La puerta, que a primera vista es un trozo de madera enclenque, está bloqueada. Empujo, tiro, golpeo con el hombro recién curado y pateo sin éxito. No lo entiendo. No es la primera puerta que echo abajo y, sin embargo, parece imposible de derribar. Debe ser algo sobrenatural, algún tipo de magia oscura, igual que la de los grilletes. “Por eso no estás atado. La casa es tu cárcel”.

Qué hacer, qué hacer.

Deambulo por el salón y pruebo con las ventanas, pero parecen hechas de acero. Más vueltas alrededor del sofá. Entro en la cocina, vieja y sucia, y entre los cajones localizo una amplia variedad de cuchillos y demás objetos afilados, pensados para perforar, cortar, lijar y serrar. Aún hay restos de grasa humana entre los dientes de una de ellas. Me pica la garganta. Y, por primera vez desde mi conversión, me repugna el hambre. Me doy asco a mí mismo.

Tengo que salir de aquí o enloqueceré.

Camino hacia lo que supongo es el dormitorio. Me acerco a la cama, empuñando el cuchillo más largo que he localizado. Él, la criatura de mirada oscura y dientes como agujas, duerme profundamente, medio desnudo sobre el revoltijo de mantas. Ronca como una bestia, con las piernas estiradas y el cuerpo cruzado sobre el colchón.

Debo hacerlo. Aprovechar estos momentos de lucidez para actuar y huir.

Un par de pasos más y elevo el brazo sobre su pecho. El corazón siempre es un punto débil. Ella me lo enseñó. Mi mano cae con fuerza, atravesando piel, carne, costillas y órganos. Siento la sangre, oscura y demasiado espesa, acariciando mis dedos. Espero que ahora la puerta se abra y pueda liberarme…

Una carcajada gutural me sobresalta. El monstruo que acabo de apuñalar abre los ojos y me sonríe de oreja a oreja:

—Qué hijo puta eres.


 

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Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Stein

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