sábado, 28 de febrero de 2015

CHETYRNADTSAT.





Doy el último bocado a lo que queda de hamburguesa mientras termino de subir las escaleras. Sasha y su manía de vivir en edificios destartalados, dejados de la mano de la civilización. Casi es un milagro que tenga electricidad. Mastico despacio y me acerco a su puerta, desanimada por mis piernas cortas y por el día que acaba, lleno de decepciones.
La mañana, además de infructuosa, ha sido un asco; después del cadáver de la novia de Alexandr he acudido a clase de Fisiopatología Humana y Anatomía II. Un poco de normalidad para recordar quién soy y por qué no me corto las venas o decapito a todo ser sobrenatural por diversión. Una buena distracción (alcohol, trabajo, sexo, amistad) ayuda a mantenerse a flote. Algunos dicen que es porque soy una sentimental; yo prefiero pensar que es gracias a mi lado humano o menos mágico que consigo este precario equilibrio. No todas las vedmas pueden decir lo mismo.
En el descanso logré colarme en el despacho de mi antiguo profesor, actual cadáver andante, en busca de su agenda, de algún nombre o encuentro inesperado que haya podido causar todo este desastre. Ni una pista.

Si los métodos tradicionales no sirven, tendré que recurrir a mis escasas reservas de magia. Tal vez podría intentar el truco de mirar a través de sus ojos y descubrir lo que oculta el pasado reciente de Alexandr. Sin embargo, nunca lo he probado con un muerto y sus ondas cerebrales funcionan a un rango muy diferente del que domino. Podría entrar, hurgar un poco y, sin darme cuenta, quedar atrapada en la mente del vampiro. O salir con éxito y crearle un boquete de recuerdos tal que olvidara hasta su propio nombre. A Sasha le encantaría esa opción.

Hago una pelota con el papel de la comida rápida mientras compruebo que los hechizos de la puerta siguen en marcha, zumbando con sutileza alrededor de la madera. Pongo la mano frente al pomo y susurro un simple ‘ábrete’. Oigo el clic y, antes de dar dos pasos hacia el interior de la vivienda, una figura pasa a mi lado a gran velocidad, agitando mi pelo en su huída. Me giro a tiempo de ver la espalda de nuestro rehén. Mierda. Voy a salir corriendo detrás de él cuando la seca voz de Sasha me detiene.

—Espera, Di.

Le veo apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, con el mango de un cuchillo asomando en medio de su pecho desnudo.

—Pero qué… —empiezo a exclamar y su pálido rostro interrumpe mi bronca—. Sasha…

Me aproximo hasta llegar a su lado, él alarga el brazo, intentando detenerme y cae de rodillas al suelo. Hago amago de inclinarme pero vuelve a extender la mano.

—No. —Respira de forma desacompasada—. Dame… dame un segundo.

Agacha la cabeza y contempla su pecho, impasible. Cierra el puño con fuerza y saca sin vacilar el cuchillo de la carne. Desliza el arma por el suelo, empujándolo lejos de él, mientras un hilillo negro emana de la herida, partiendo su pálido pecho en dos. Suspira con fuerza y, apoyándose en los puños, se incorpora lentamente. Me mira con sus oscuras pupilas, difuminados con el iris, transformando sus ojos en dos perlas de color obsidiana. Conmigo no tiene que ocultar su naturaleza, aunque sus esfuerzos por conseguirlo son en vano. Los disfraces visuales de los demonios no sirven con las de mi especie. Somos el origen de la magia que los crea. Aun así, la manera en que me contempla me produce un escalofrío.

—Debo ir tras él —digo para cortar mis temores de raíz, buscando una excusa para salir de su territorio de caza—. No puedo dejar a Alexandr suelto por ahí. —Me giro hacia la entrada—. Luego me explicarás cómo ha escapado. Seguro que ni lo ataste…

Me muerdo la lengua, lo que menos le conviene a Sasha ahora mismo es que le regañe. Él camina hacia la cocina y se tapa la herida con el primer trapo que encuentra. Dudo que la hemorragia dure mucho, a pesar de ser un corte en el corazón su sanación es prácticamente inmediata.

—No, no lo até —contesta dándome la espalda, a metro y medio de mí—. Me confié, creí que despertaría antes que él, que vendrías más temprano o… yo qué sé. No importa, ya está hecho.

Me dirijo a la puerta, deseosa de hacer algo útil en todo el día y atrapar al que intenta matarme antes de que encuentre a más de los suyos o, peor, a su creador. Lo cual me recuerda la última promesa del anfitrión:
—¿Hablaste con Mordekai?
—Sí. Tu ex es un ilegal, pero creo que ya lo sospechabas, ¿no?
Asiento con la cabeza. Un vampiro sin registrar implica un amo sin escrúpulos, sin nada que perder, dispuesto a cumplir con su objetivo a cualquier precio. En este caso, mi cabeza. Debo darme prisa.

—Lleva mi sangre, ¿recuerdas? —comenta Sasha, apoyado en la encimera y con un cigarrillo apagado en la mano. Siempre tiene uno danzando entre los dedos—. Puedo rastrearle.
—Pues hazlo y llámame. Mientras tanto puede que yo lo localice antes.
Salgo de la casa, disimulando lo mejor posible el temblor en las rodillas. Todavía estoy débil, seca de magia, no podría haber hecho frente ni a un mestizo y él lo sabe, por eso mantenía la distancia. Bajo las escaleras lo más rápido que puedo. Sé lo que Sasha necesita para recuperarse y rastrear con éxito al vampiro, y ahí sí que no pienso ayudarle. Seremos familia, pero me gustan mis miembros tal y como están.


 
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Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía de Black Cat

4 comentarios:

  1. Se nota que te gusta la fantasía urbana. Sencillo y efectivo como siempre.

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    1. Efectivamente sencillo, ahí está el truco ;)

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  2. Creo que tu serie de Sasha, Diona y compañía es la mejor historia que estoy leyendo estos días.

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    1. Vaya, no sabes cuánto me halagan tus palabras. Espero que siga siendo la mejor historia... hasta el final.

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