miércoles, 3 de diciembre de 2014

SEM.


Abro los ojos de golpe con el delicioso aroma de la sangre flotando en el ambiente, insinuando mi apetito entre las brumas de la inconsciencia. Al principio es sutil, apenas perceptible, hasta que me despierto por completo y la sed araña mis entrañas con desesperación. Parte de mi mente pide un segundo de raciocinio humano, extrañado por el olor a descomposición, carne quemada y lejía; pero mi recién descubierto lado animal no se lo permite. Solo desea una cosa y se encuentra frente a mí.
Salto hacia delante y un fuerte tirón me detiene en el aire, devolviéndome al suelo de inmediato. No puedo mover bien las piernas y debo tener un hombro dislocado, además de al menos tres costillas rotas. Nada de eso importa, tan solo la necesidad, el hambre. Vuelvo a morderme el interior de la mejilla accidentalmente y mi propia sangre azuza a la bestia a través de los barrotes. 
El tiempo se agota y la sed... Me rasco con insistencia la piel alrededor de las gruesas esposas, de un metal que escuece como sal sobre las heridas. Si no fuera por ellas ya estaría saciado. Trato de zafarme de la presa sin éxito. Estoy atrapado. Es como regresar al interior del maletero, peor. Ese olor... Puede que si me parto las muñecas, tal vez arrancándome una inservible mano pueda llegar a ella. Oh, Dios, tengo que llegar a ella. Una aguja invisible atraviesa sin previo aviso mi columna vertebral y con un grito de dolor las piernas me responden. Ahora podría impulsarme de verdad.
Y es entonces cuando lo veo. No he oído sus pasos, ni sentido su respiración, simplemente ha aparecido. Sus ojos… no, no son humanos, son negros como una noche sin luna, oscuros como el corazón de un demonio. Un pozo abismal paralizando mis movimientos. Su mirada tiene poder, un poder prohibido, tenebroso, ancestral. No es humano, no es mortal, tampoco es como yo o ella. ¿Qué es? De repente no puedo respirar. Me asfixia con sus dedos en forma de garra y las uñas se clavan en mi nuca. Su fuerza es sobrecogedora y su sonrisa, demencial. Me habla pero no le escucho. Todos mis sentidos están perdidos en el espeso aroma a óxido y mi mente y cuerpo no reaccionan como deberían. Defenderme es inútil, tampoco lo intento. En el fondo sé que solo estoy retrasando lo inevitable. Puede que morir no sea tan malo. Al menos me libraré del hambre y de este monstruo que parece querer devorarme.




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Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Estheim

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