viernes, 19 de diciembre de 2014

DEBIAT.


El paladar, las encías, la lengua y las mejillas me arden. Siento la cabeza a punto de reventar. Es como beber de un trago un cubo de queroseno. Como morder la manguera de una gasolinera. Quema. Pero estoy terriblemente sediento y cualquier líquido es recibido con un gemido de placer en mi garganta. Soy un niño de tripa hinchada con la boca hundida en un charco de agua marrón, en la desesperada búsqueda de nutrientes que alivien los calambres de mi estómago. Es repugnante, asqueroso, nunca he probado algo tan vomitivo. Y al mismo tiempo es delicioso, embriagador, con matices de óxido que me hacen desear más y apretar, exigente, el trozo de carne que rodea esa fuente de interminable gozo; dulce y espeso, repulsivo y doloroso a la vez.
Todo termina con un brutal empujón contra la pared.
—Ya te vale, no soy uno de tus batidos de sangre.
Me toco la cabeza instintivamente para comprobar que todo sigue en su sitio, mientras noto las llamas del infierno lamiendo mis entrañas. Miro mis manos, no hay esposas ni cuerdas, nada que me retenga. La realidad y el miedo golpean mi pecho congelado, inmóvil. Me encojo sobre mí mismo.
—¡No! ¡Estás loco! —grito a la criatura de dentadura afilada. Su brazo gotea un líquido granate, o puede que sea negro—. Mátame o haz conmigo lo que quieras, pero no dejes que… —carraspeo, siento como si llevara décadas sin usar las cuerdas vocales, sin hablar de forma coherente. Sin ser una persona normal—. No dejes que me acerque a Diona… Dios, no…
Ella está sentada en el sofá, con los brazos cruzados y un vestido de fiesta excesivamente corto. El pelo alborotado forma una maravillosa aureola rojiza alrededor de su rostro y unos ojos de reluciente amatista, imperturbabales, permanecen fijos en mí. Tensa las piernas y el vello se le eriza. Debe estar helada. Bajo su finísima piel puedo ver con claridad el delicado árbol de venas azuladas que trazan figuras sinuosas, ascendiendo por sus muslos, perdiéndose entre la tela del vestido. “Diona”. La voz, ¡otra vez! Me escondo entre mis manos. De ella, de mí. “Cállate, cállate, cállate”. Arrastro mis pasos y busco cobijo entre unas cortinas roídas. "¡Cállate!". Entonces ella chasquea los dedos y solo oigo su voz.
—Alexandr, cálmate, aquí estás a salvo.
A salvo. La creo. Siento alivio, calma, tranquilidad. Y arcadas. Hago ademán de llevarme la mano a la boca y el otro tipo me grita:
—¡Ni se te ocurra echarlo! —Me señala con el dedo, amenazador—. Eres un maldito privilegiado. No muchos tienen el placer de catar a un mestizo. Al menos mi sangre no es como la de ella, no hace que tus venas estallen, novato.
Novato. Es verdad. Soy un novato. Un... 
—Y aunque seas un vampiro la sangre de un medio demonio te sirve igualmente, ¿no?




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 Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Estheim

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