viernes, 26 de diciembre de 2014

Capricho de Navidad

Los lazos de la muerte me cercaron,
Y los torrentes de perversidad me atemorizaron.
(Salmos 18:4)


“Como suene un puto villancico más, juro que…”.
Gideon se tragó las palabras y siguió con su antinatural mirada bicolor al asustado camarero. No necesitaba abrir la boca para intimidarlo, forzándole a tirar una botella de whisky del 83. La torpeza del humano casi le hizo sonreír. Casi. No convenía llamar la atención, sobre todo si quería largarse del país bajo la protección de los suyos, así que removió el vodka impaciente, aspirando su picante amargor. El olor del alcohol no estaba mal, aunque había algo aún más tentador y acuciante. Alzó la cabeza y analizó el bar de un vistazo, usando más el olfato que sus otros sentidos.
La clientela del Palace de Berlín era tan exclusiva como la de cualquier presuntuoso hotel cinco estrellas. Hombres-chaqué y mujeres que insinuaban sus formas bajo coloridas telas de diseño asimétrico se entremezclaban entre abetos de colores, adornados con enormes bolas brillantes y espumillón dorado. La cena de Nochebuena acababa de finalizar y el salón apestaba a perfume, laca, champagne y dinero, mucho dinero. Gideon se estaba metiendo donde no debía y justamente eso hacía la caza tan excitante. Tenía que dejar su impronta en la ciudad antes de marcharse. "Me merezco un pequeño capricho"
Llevaba una semana acumulando agresividad reprimida, con novatos entrometidos y dos Kral cabreados. La traición del daemon fue la gota que colmó el vaso. Estaba imaginando cómo iba a destrozarle con sus colmillos los músculos del cuello cuando un fugaz brillo esmeralda captó su atención. Al otro lado de la sala una chica se recogió el largo vestido verde y se escabulló tras la puerta de las escaleras de emergencia, con una clara expresión de desconsuelo. Una niña humana a punto de echarse a llorar, no había víctima más manipulable. “Puede ser divertido”.
Entró detrás de ella, antes de que la puerta se cerrara con un chirrido de plástico desgastado. Gideon esperó en las sombras, observando cómo se sacaba un cigarrillo del escote y lo encendía con ansia. Cerró los ojos, aspirando avariciosa la primera calada, ignorando al cazador que acechaba en la oscuridad. Habría gritado, si no hubiera esperado un segundo más, Gideon estaba convencido de que habría chillado como las demás. Pero ella era algo más que una aristócrata malcriada. Dio otra calada antes de que sus dedos le traicionaran.
—Quieto, vampiro. —Controló el temblor de su voz de una forma admirable—. Mi padre trabaja con los vuestros.
Lo dijo con total seguridad, sabedora de lo que implicaban sus palabras y del escudo que le ofrecían. Ella era una protegida, un humano útil para los miembros de la comunidad. Una intocable. Conocía demasiada información y su familia estaba involucrada con al menos tres comunidades alemanas. Estaba vetada. Prohibida. “Deliciosa perversión”.
—Lo sé —contestó el vampiro. Había visto el informe en el despacho del Kral Friedrichstein, y observado con qué esfuerzo la mantenían oculta. Iba a ser una despedida memorable. Esa noche estaba ahí por ella—. Eres Katharina von Rosenzweig. —La aludida hizo un mohín con la nariz, era evidente que no le gustaba ese nombre—. ¿O prefieres Katya?
Ella respondió con un bufido y cuando se giró para tirar el cigarrillo, varios mechones de su perfecto recogido cayeron, enmarcando su delicado cuello. Gideon se humedeció los labios. Deseaba destrozar ese peinado contra la pared. Katya le dio la espalda, dispuesta a marcharse, y él la retuvo con su cuerpo junto a la puerta. Apenas usó una pizca de su carisma, lo justo para suavizar la tensión del ambiente, lo necesario para que sus músculos se relajaran y fuera más fácil cogerla de la cintura y atrapar su boca. Sin embargo, no se quejó ni lo rechazó. El vampiro liberó la débil mente humana, no le atraían las muñecas de trapo, aunque su falta de lucha le molestó ligeramente. Lo normal era que pelearan, que tuviera que inmovilizar su cuerpo y controlar sus pensamientos para que no gritaran, arañaran o le escupieran. Estaba acostumbrado a la violencia. Le gustaba. Pero Katya… Introdujo su lengua y se perdió en sus sabores a vino dulce, a canela y cigarrillos de menta. Levantó su vestido por encima de la cintura y deslizó la mano por debajo de la minúscula ropa interior. Ella se entregó a sus caricias, a sus ávidos dedos, a sus besos cada vez más profundos, más codiciosos. Al momento estaba dentro de ella, llenando su húmeda intimidad y apoyó los labios bajo su oreja. Quería vaciarla, que su entrega fuera completa, absoluta. Ella gimió algo apenas inteligible y supo que era una petición. Una súplica. Katya estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias. “Es una suicida”. Gideon dudó, no le gustaba complacer a nadie, y menos a una mortal. Alcanzó el clímax dentro de ella sin matarla. Se sentía un completo gilipollas.
Esa noche no la mordió, aún no podía reclamarla. Pero entre las sábanas de la primera habitación que encontraron desocupada, había tomado una decisión.
—Katya, tengo un regalo de Navidad para ti. —Sintió el pinchazo de deseo en la garganta. No habría marcha atrás—. Voy a llevarte lejos de aquí.
—¿Qué? —Ella le miró, con los labios hinchados y las mejillas sonrosadas. Tenía que poseerla otra vez.
—Quieres huir de esta vida pero no sabes cómo. Yo te enseñaré el camino, yo te guiaré, si me lo permites... —Trató de sonar lo menos posesivo posible.
Ella abrió la boca sin saber qué contestar, calculando sus opciones. No era una niña tonta. 
¿Estaré a salvo?
—Sí, schön. —“Por un tiempo” —. Con una condición. Vas a ser mi bluthure.
Por un segundo hubo rechazo tras sus oscuras pupilas, repulsión y vergüenza. Después, aceptación y deseo. “Va a ser una buena bluthure”. Sonrió mientras descendía por la barbilla de Katya, deslizándose por su pálida piel, su palpitante y fina piel. Los colmillos rozaron la carne y supo con certeza que con ella no podría contenerse. Ella sería su perdición. “Mi bluthure”.




 

Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía de Sasha Seid

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