domingo, 9 de noviembre de 2014

TRI.

El coche apesta a bilis y desesperación, rociado con un intenso perfume de mujer. Todavía llevo los pantalones del pijama, mojados por el aguanieve y manchados de tierra y basura. Pero claro, no me puedo quejar. Ella no me lo permitiría.
—Tu casa será más segura, ¿aún tienes esos grilletes?
—Espera... ¿qué? —exclamo sin girarme, desconcertado.
—No, tienes razón, no servirán de nada en cuanto despierte... Mejor me acercas a la mía y cojo...
—¡Eh!
—No grites, solo conduce. Agh, mi cabeza. Tal vez con el libro de mi madre... Dioses, putas nauseas... —Veo a través del espejo retrovisor cómo se encoge en el asiento.
—¡Ni se te ocurra! Eché a patadas al último cliente que vomitó en mi taxi.
—¡Cállate, Sasha! ¡Me siento como una mierda, todo me da vueltas y  no puedo... no puedo...
La escucho respirar profundamente y yo aprieto las manos alrededor del volante. De momento parece que aguanta y suspiro aliviado. Sin embargo, el enfado que me persigue desde que he recibido la llamada vuelve a resurgir. Aprovecho un segundo de silencio, sabiendo que solo conseguiré trasladar mi cabreo a su hipnótica mirada amatista:
—¿No tienes nada que decirme?
—¿Feliz San Valentín?
—Y una mierda.
—No eres nada romántico, Sasha.
—Es difícil serlo con un cadáver en el maletero.
—Tampoco es para tanto...
—¡No me jodas, Di! Por poco me da un ataque con tu llamada. No estabas así de mal desde... el otro tipo.
—Sí, ya, 'él'... Paso.
—Claro, pasas, como siempre —digo con sarcasmo—, y por eso he tenio que ensuciarme yo y mi coche con 'esa cosa'
—No es una cosa. —¿Está molesta?—. Es Alexandr.
La luz de la radio parpadea; con el mosqueo no sé si es el de la centralita o el de la policía. Lo ignoro, estoy de descanso al menos un par de horas más. 
—Espera, ¿ése no era tu jefe o algo así?
—Sí, es mi supervisor en el colegio de enfemería.
—¿Y qué coño hacía a las tres de la mañana en la peor zona de la ciudad? —Sonrío con sorna—. ¿Y qué hacías tú...?
—Que te follen. Mi vida apesta, y la tuya también, sino no estarías aquí a estas horas.
—Qué razón tienes hermana. Eres pura sabiduría.
—Cállate...
Ambos suspiramos a la vez. Demasiados años viviendo en la cabeza del otro.
—Creo que ya sabes lo que él hacía ahí.
—Sí —dice ella sin titubear—, estaba de caza.
—Pero, ¿por qué ha ido ahí precisamente? ¡Vamos! Hay al menos tres locales más accesibles y con más putas en el otro callejón.
—Eso es lo que quiero saber.
—Lo sabes.
—No.
—Sí.
—Ya.
—¡Que no!
—Te conozco, pequeña bruja, y...
—¡Vale! ¡Joder! ¡Me acosté con él! ¿Y?
¿Y? Ahí lo tienes, cariño. —Rebusco en la montaña de objetos del asiento del copiloto hasta dar con el paquete de tabaco—. Tenía tu olor, tu presencia seguía latiendo en sus venas. Seguramente le gustabas de verdad, cuando respiraba y hacía esas cosas humanas. —Bajo la ventanilla a pulso y me enciendo el tercer cigarrillo del día—. Te buscaba a ti.
—No tiene sentido, los de su especie no...
—¿No piensan solos? Pues eso mismo.
—Mierda.
—Sí. —Las virutas de humo disimulan los efluvios a resaca. Guiño un ojo y todos los semáforos de la desierta avenida se van a verde—. Lo enviaron a por ti.




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Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Imagen de Peter Ortiz

3 comentarios:

  1. Un amigo taxista malhumorado como personaje secundario siempre mejora las historias. Lo sabe todo el mundo.
    Por cierto, me gusta el cambio de nombres de las historias, sutil y elegante. ¡Quiero más! ;)

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    1. Sobre todo un amigo taxista que en realidad... Bueno, no te preocupes que habrá más. Y pronto ;)

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  2. Todo lo que tengo que decir es que masmola :D

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