martes, 18 de noviembre de 2014

PYAT.


—¡Para, para! ¡PARA! —Mi cabeza revota en el asiento del conductor por culpa del frenazo—. ¡Mierda puta, Sasha!
—¡Joder! ¡Mi coche!
—¿Tu coche? —le grito sobresaltada y con las náuseas volviendo a presionar la boca del estómago. Los dos nos hemos girado al oír parte del maletero siendo arrancado de cuajo y por poco tenemos un accidente. Aunque ahora eso me parezca menos importante que el hecho de haber soltado a un vampiro sediento por la ciudad. O al menos, otro más—. No te quejes y da media vuelta. ¡Media vuelta!
—¿Estás loca? —El taxista se golpea el muslo, apagando el cigarrillo antes de que prenda entre sus pantalones—. Deja que se vaya, no eres su madre.
—Yo tendré la culpa de las muertes que cause. —Recuerdo mi última conversación con Alexandr, sabía que olía diferente y yo…—. Es responsabilidad mía.
—¿Qué dices? ¡Está muerto! Es responsabilidad de los suyos.
Lo ignoro y salgo del coche, seguida de los improperios de Sasha. Tengo mis razones y no estoy dispuesta a compartirlas, de momento. Las gotas de agua se han congelado y dibujan perfectas miniaturas geométricas revoloteando a mi alrededor, despeinando en una ráfaga helada mi melena pelirroja. Aspiro, espiro. No dispongo de mucho tiempo. Corro hacia el primer callejón y me agacho, rozando con la punta de mis dedos el sitio donde el vampiro a la fuga ha pisado, donde los restos de su alma han acariciado la ciudad durmiente. Con esto bastará. Tiene que bastar.
Visualizo las palabras, susurro su nombre de ladrillo y mi energía se amolda a su ser, se adapta, se inmiscuye en sus pensamientos. En un suspiro soy parte de la ciudad. Mi corazón bombea granito, nubes de deshechos y toneladas de alquitrán calcinado hacia innumerables arterías de vidas humanas. Me abruma y exprime. Chirría, escuece y paraliza el funcionamiento de mis órganos vitales. ¿Conoces esa sensación de que te vigilan? Que hay ojos en las paredes, en el asfalto, observando sin párpados las calles y a sus habitantes.
Esa soy yo.
No tardo en localizarle, trotando con piernas cinco veces más veloces que las de un mortal. Siente el escalofrío en la nuca y sabe que le veo, que acabo de cazarle y no tiene forma de escabullirse. Si mis petrificados músculos me lo permitieran, sonreiría. Eres mío. "Umirayet". Cae muerto, otra vez. Y yo me desplomo en el suelo.




<< CHETYRIE.  
 IYUN. >>

 Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía de Asalisinasa

4 comentarios:

  1. ¿Y todo esto después de haber vomitado hasta la primera papilla y con la resaca pisándole los talones? ¡Esta tía es la hostia!

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    1. Sí, y por eso acaba bailando una sardana... ah, no, espera... jajaja

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  2. Tienes cierta obsesión conque la gente se fusione con ciudades. Mola mucho la entrada.

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    1. Gracias :) y lo de la ciudad no es más que una moda jeje.

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