jueves, 13 de noviembre de 2014

CHETYRIE.



Oscuridad. No, luz. Una finísima franja de luz que perfila mi mano, mis piernas, mi celda sin puertas. Estoy sucio, entumecido y empapado. Famélico. Vislumbro los destellos de un recuerdo que palpita en mi sien, me despierta e incita. Debo hacerlo. Debo moverme, romper, tirar, morder. Tengo que… Trato de estirarme, no puedo. Estoy rodeado por paredes de metal. Un ruido grave y continuo de fondo, voces, ¿voces? Son dos. Aquí al lado. Si alargo mis dedos, si consigo atravesar la tela, la espuma, los muelles. La siento, la huelo. Ella…
No lo soporto más. Respondo a mi instinto más salvaje, el mismo que me ha empujado a las calles, al dulce aroma de los vivos, a sus tiernos corazones. Noto la punzada dentro de la boca y vuelvo a saborear la sangre. Es diferente, empalagoso. Estoy muerto, ¿estoy muerto?
No. Agito mis extremidades, me retuerzo entre trapos con olor a aceite, papel usado y latas de aluminio vacías que tintinean sobre mi cabeza. No puedo, no puedo, no… De repente el cierre del maletero cruje y los minúsculos tornillos bailan sobre la tapicería. Trato de incorporarme, revolviéndome como un gusano de seda en su crisálida. Necesito aire,  o mis viejos pulmones creen que lo necesitan. Empujo, golpeo y, finalmente, consigo incorporarme. Aire helado, afilado, cortándome las pálidas mejillas. Apenas tengo tiempo para disfrutar de mi victoria. Después viene el impacto, rápido y brutal. Caigo de costado contra el asfalto a 80 km/h y me quema la ropa, la piel, me desgarra la carne. Duele. Pero debo escapar. El mundo gira a mi alrededor a una velocidad vertiginosa hasta que choco contra una columna o una barra. ¿Una farola? Boqueo desorientado, rodeado de barro que una vez fue nieve, y los recién creados copos se pegan a las heridas abiertas. Sé que me he roto varios huesos, huelo mi propia hemorragia. Será breve, igual que el dolor. Si consigo remediarlo a tiempo.
Oigo el chirriar de las ruedas por el frenazo. “Huye”. Esa voz. ¡Esa voz! Taladrándome el cerebro, ordenándome desde la distancia, sometiendo mi voluntad. Obedezco sin dudar. Hay más gritos, sonido de motor, acelera. Y yo corro. Las calles de San Petersburgo me reclaman.




<< TRI.
PYAT.   >>


 Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Estheim

8 comentarios:

  1. La gente que haya contemplado la escena desde la calle debe de haberse quedado a cuadros. ¡Esto pinta cada vez mejor!

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    1. Menos mal que son las tres de la madrugada, que si no se habría liado una muy gorda, jajaja.

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  2. Por su bien que corra y que intente levantarse, "noto la punzada en la boca y vuelvo a saborear la sangre" Que pasará...

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    1. Nada bueno, porque meter un cadáver en el maletero nunca acaba bien ;)

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  3. Me gusta mucho cómo has usado frases cortas para simular pensamientos amontonados unos sobre otros (o al menos esa impresión me ha dado).

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  4. Alucino por haber vivido este relato. Creo que no podrías espesarlo mejor. Una fuga y el secuestrado flipando por haber perdido al que llevaba en el maletero. Ojala hubiera una foto de su cara.

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    1. Una foto del que se ha escapado, de los secuestradores... sí, sería genial, ¿voluntarios? Jejeje.

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