martes, 7 de octubre de 2014

XXVI Matt - Reconsideraciones del corazón



—Está lloviendo —dijo Matt con la frente apoyada en el marco de la ventana.
La respuesta de Cris fue un largo y sonoro bufido. Permanecer enclaustrada en la habitación del hospital solo conseguía agriar más su carácter, "y ya lleva unos días con las garras afiladas".
—¿Y qué me importa? A veces no dices más que tonterías.
En esos momentos se alegraba de que no fueran novios a pesar de su historia previa. Se habían conocido en Londres, en un intercambio de alumnos de instituto, y gracias a ella se animó a viajar a España para estudiar Periodismo. También fue ella quien le presentó a la razón que le causaba interminables dolores de cabeza y futuros problemas cardíacos. No podía evitar quererla un poco. Echaba de menos a Ariadna.
—Deja de pensar en ella, esa cara triste me pone de los nervios.
—Si yo no he dicho…
—No hace falta, Matt. —Cris se giró en la cama para encararlo. Las ojeras habían desaparecido y su piel iba recobrando el natural tono rosáceo—. Desde que nos conocemos la lluvia siempre te ha puesto triste. Antes era porque te recordaba a tu hogar y ahora porque te hace pensar en Ariadna. Si lo llego a saber no te la presento…
—Eso ocurrió hace casi un año y fui yo quien insistió. Tú no tienes la culpa de nada, así que deja de preocuparte y recupérate.
—¡Pero si ya estoy bien! Son estos médicos los que no me dejan en paz —exclamó con los brazos cruzados sobre el pecho y los labios apretados, convirtiéndose en la versión grande de una niña enfurruñada—. Todo el día de una sala de pruebas a otra, quitándome botecitos de sangre o arrastrándome a estúpidos escáneres. Creo que eso solo me pone más enferma.
Si no fuera por su ciega confianza en los médicos, le habría dado la razón. Era sorprendente lo rápido que Cris se había curado de su extraña afección, como si nunca la hubieran encontrado desmayada en casa de su ahora exnovio, pálida como la muerte y con el corazón casi apagado. Ni los doctores más experimentados se lo explicaban, era todo un misterio.
—No te quejes tanto y puede que entonces te suelten. Seguro que mañana te dan el alta —repuso Matt tratando de animarla.
—Seguro. Pero no hace falta que te quedes conmigo hasta entonces. ¿Por qué sigues aquí? Ari y tú tenéis que hablar.
—Díselo a ella. Hace mucho que no me cuenta nada.
Escondió las manos en los bolsillos del pantalón, incómodo por el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Tiene sus secretos, ¿y quién no? Pero no dejes que eso afecte a tus sentimientos. A veces es mejor no saber toda la verdad…
Su amiga se quedó con la mirada perdida en la blanca pared del hospital, ausente, pensativa, convirtiendo sus palabras en una inquietante advertencia. Quería preguntar, pero no se atrevía. "Hemos perdido ese tipo de confianza".
—No lo sé. Puede que lo mejor sea alejarme, creo que es lo que  ella ha querido desde el principio.
—Te equivocas, Matt. Ella te necesita más de lo que jamás admitiría. Es orgullosa y no le gusta depender de nadie, pero eso no quiere decir que no le convenga tener a personas buenas como tú cerca.
Matt apartó la vista de la ventana, salpicada de las gruesas gotas de lluvia.
—Yo no soy…
—Cállate. Ya te he dicho lo que me cabrea esa expresión tuya. —Hizo un gesto de desdén con la mano, tratando de mostrarse distinguida con el gotero y la insulsa bata de hospital—. Vete, no te quiero ver por aquí deambulando como un perro apaleado. Lárgate antes de que insinúe a las enfermeras que eres un acosador o algo por el estilo.
La última frase le robó una sonrisa. Hacía demasiado tiempo que no sonreía de verdad. Se despidió con la mano y bajó las escaleras de dos en dos. El coche esperaba abajo y Ariadna, en la universidad. La corta distancia le pareció un mar de impaciencia. Suspiró y volvió a sonreír, confiado.



 

Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku

1 comentario:

  1. Vaya, vaya... Este Matt si que sabe manejar la situación.

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