viernes, 24 de octubre de 2014

ADIN.



Algo no va bien dentro de mí. Ni fuera. Me miro al espejo y no reconozco a la persona que me devuelve la mirada. Sus ojos están apagados, su piel, pálida y su absurda expresión no me dicen nada. No soy yo. Un desconocido. Solo un desconocido que se ha colado en mi vida y se niega a salir de ella.
Mi vida. ¿Sigo vivo?
Me aferro al lavabo y perforo las pupilas del individuo del espejo. Estoy ahí, al fondo, muy al fondo, escondido o enterrado. Sé que estoy. ¿Quién soy, sino? Parpadeo con fuerza, me duelen los ojos, y el tipo de enfrente me crea una sensación cada vez más incómoda. Debo lavarme la cara y tratar de vestirme. Recordar como una persona normal. O cómo es una persona normal.
El individuo al otro lado del espejo ya está vestido y termina de abrocharse la camisa. Le lanzo una mirada de desconfianza y, sin querer, vuelvo a observar sus ojos. No puede ser. Tienen un brillo carmesí que no… Le doy la espalda sin darle tiempo a que me atrape otra vez. 
Sé lo que significa, o él lo sabe. 
Aprieto la mandíbula y siento los dientes crujir. Está despertando. Y solo hay una manera de aplacarlo. No quiero hacerlo, pero no hay alternativa. La caza me espera.




 
DVA.   >>

Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Manuel Estheim

5 comentarios:

  1. Una pasada la transformación y sobre todo cuando él no se renoce. Relatos como éste me hace entrar desesperado cada vez que publicas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues tendré que seguir publicando para paliar tu adicción.

      Eliminar
  2. Nadie puede oponerse a la llamada de la sangre...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y menos cuando te sostiene la mirada...

      Eliminar
    2. Madre mía Enara, muy bien, acabo de comentar en el google lo mismo que loco solitario, Nadie puede oponerse... Es una transformación en el espejo brutal (como diría un amigo mío). Besos y muy buen texto.

      Eliminar