miércoles, 27 de agosto de 2014

XXI Matt - Besos de fruta salada


Cuando Matt finalmente dio con su novia, la encontró sentada junto al puesto de vigilancia, frotándose de forma compulsiva la muñeca. Tenía la mirada perdida y su palidez habitual había adquirido un tono enfermizo.
—Cariño, he traído algo para comer, ¿te apetece? —Él se acercó con la misma cautela con que se aproximaría a un animal malherido. Ariadna ni miró el sandwich vegetal plastificado—. ¿Te llevo a mi casa?
Ella asintió despacio. "Ahí podré cuidarla", algo caliente para comer y un buen descanso serían el mejor remedio. El edificio estaba cerca de la facultad y el trayecto lo hicieron con el mismo silencio que les había acosado hasta el hospital. Compartía piso con un compañero de universidad que se encontraba fuera de la ciudad, así que la casa estaba tranquila para los dos. Matt rodeó por la cintura a Ariadna, dejando que apoyara la cabeza en su hombro mientras subían en el ascensor. No todos los días ves a tu mejor amiga a las puertas de la muerte, "es normal que esté destrozada". Entraron en el pequeño apartamento y la acompañó hasta el salón, donde se acurrucó en una esquina del sofá. Él no sabía qué más hacer. "Creo que en la nevera queda algo de...".
—Túmbate conmigo —pidió ella con la voz temblorosa.
Matt la acogió entre sus brazos sin dudar un segundo, conmovido por su tímida mirada verde esmeralda. La acunó con cariño y paciencia, esperando el torrente de lágrimas por el dolor o la impotencia. Cuando ella alzó los ojos, supo que ese momento no iba a llegar. Sus labios se encontraron en la penumbra de la habitación, con besos dulces y delicados que se volvieron más hambrientos, más desesperados. Ariadna cogió la mano de Matt y lo guio hacia su seno, presionando con suavidad, en busca de un contacto más real. Sus cuerpos se amoldaron rápidamente a la forma del otro, llenando el aire de suspiros y gemidos entrecortados, con caricias cada vez más húmedas, cada vez más profundas.
Todo iba demasiado deprisa y el cerebro de Matt le lanzó un último aviso.
—Ariadna...
—Te necesito, Matt —suplicó junto a su oreja—. Quédate conmigo, por favor, no te alejes de mí... No me dejes sola...
Ella deslizó la mano por debajo de su ombligo, esquivando los pliegues de sus ropas, decidida a hacerle enloquecer con el roce de sus finos dedos. Matt jadeó dentro de su boca y atrapó con más fuerza su menudo cuerpo, como si en cualquier momento pudiera escaparse de entre sus brazos. Sus besos sabían a melocotón, al primer y jugoso mordisco de la fruta, con una pizca ácida y otra casi empalagosa. El sabor salado se mezcló en su lengua y cuando abrió los ojos se percató de que Ariadna estaba llorando. Fin del juego. 
—No. —Le costó un mundo y media vida negarse—. Entiendo que te sientas vulnerable, mi amor, después de lo que le ha pasado a Cris es lógico que quieras consuelo y protección. Pero así no... Esta noche, no.
"Podría ser cualquiera", pensó con el corazón encogido, "si no me tuviera a mí, podría haber buscado a cualquiera que le diera un poco de amor". Comprendía mejor la repentina soledad que asolaba a Ariadna, y eso solo sirvió para que se sintiera peor. "Así, ahora, no", se repitió para convencerse de que estaba haciendo lo correcto. Ella ocultó el rostro contra su pecho, puede que dolida por el rechazo, puede que abrumada por la verdad. En todo caso, las lágrimas no dejaron de brotar.






Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku.

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