jueves, 7 de agosto de 2014

XVIII Aarón - Corazones muertos

Aarón estaba teniendo una noche de mierda.
"No va bien, no va nada bien". Se levantó de la cama y fue hasta la pared de enfrente, paseándose por la habitación como un león enjaulado. "Mal, mal, mal. Va de puto culo". Salió del cuarto a toda velocidad, convencido de que si su corazón latiera, ahora mismo estaría a punto de vomitarlo. "No tendría que haber venido, esta noche no". Inútiles remordimientos murmurados entre dientes afilados.
El delgado vampiro fue al salón y se dejó caer en el viejo sofá, con la comodidad perdida entre muelles deformados y cojines de relleno mohoso. Repasó mentalmente una vez más la lista: Corazón, pulmones, intestinos. Cerró los ojos, otra vez; despejó la mente, otra vez; escuchó en silencio y... "Todo bien, ¿no? Definitivamente, no". Había repetido la acción una docena de veces, en la cama, de pie, tumbado, piel con piel. "Diez minutos, ¿han pasado ya diez minutos?". Y sin cambios. Vio el paquete de tabaco sobre la mesa de café y por un momento echó en falta ser humano. Aún recordaba el sabor de la nicotina, la sensación de relajación cuando soltaba el aire despacio, con volutas de humo blanco dibujando su aliento frente a su nariz. Nunca había intentado dejarlo, ni ese vicio ni otros menos... legales, y estaba convendico de que la adicción lo había llevado a acabar rodeado de muertos. "Hay favores que no se pagan con dinero" : Las palabras de su maestra lo corroboraban. 
"Si al menos mi hermana mayor estuviera en la ciudad...", pero ella y su creadora lo habían abandonado bajo la protección del hermano Tesh. El líder de la comunidad las necesitaba para confirmar unos rumores en una ciudad vecina. Y cuando el Kral ordena, solo queda agachar la cabeza y desear que dure poco. "Unos meses más y Layla estará de vuelta". Seguro que se metería con él, que le bombardearía con burlas sobre su ignorancia. "No tienes ni una década, solo eres un crío". Un novato. Un novato que la había cagado.
"¿Y si le doy mi sangre?". Lo rechazó al instante. Sin permiso, se convertiría en carne de cañón para un castigo de sangre. Y a sus hermanos les encantaría asistir al espectáculo, se convertiría en el chiste de la comunidad durante al menos dos semanas.
"No me queda otra...". Aarón cogió el teléfono móvil y marcó el número casi sin mirar las teclas. Ya se estaba arrepintiendo de la llamada cuando contestaron.
—¿Sí?
—Va mal... Tesh, yo... —El profesor esperó paciente al otro lado de la línea a que acabara la frase—. No respira... Creo que le he sacado demasiada sangre, y ahora no respira.
—¿Dónde?
—En casa de Cris. Ella... Dios, lo siento, yo...
El silencio fue el único consuelo que recibió. Insuficiente. Doloroso. 




Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku

3 comentarios:

  1. Cada vez me gusta más cómo escribes, ¡pero lo has dejado en la mejor parte!

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  2. La sed de sangre lo cegó. "Si es que no nada como la sangre de una joven chiquilla." eso diría un de ellos. ;)

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