viernes, 4 de julio de 2014

XIII Cris - Besos de sangre

Cris llevaba cinco minutos mirando fijamente la pantalla del teléfono móvil, con los dedos flotando sobre el teclado, peleando interiormente por comprimir en un mensaje de texto el malestar que le encogía el estómago.
—Llama o escríbele algo, pero no te quedes ahí pasmada.
Normalmente Aarón solía ser más tierno y dulce cuando se dirigía a ella. Sin embargo, sus estados de ánimo le afectaban demasiado, como si se enfadara por no poder hacer nada para arreglar la tristeza o el desasosiego de su novia y pagara su frustación con palabras cortantes. Era uno de sus defectos. "Nadie es perfecto". Un mechón rubio se le cruzó frente a los ojos, así que se recogió el pelo mojado con una pinza, ignorando las gotas de agua que recorrían su cuello para volver a centrarse en el teléfono. Reclinada sobre la cama deshecha, escribió:
"Siento lo del otro día, Ari. Entiendo que te marcharas. Matt y tú os merecíais un rato a solas y yo me aproveché de la situación para que conocieras un poco más a Aarón. Te juro que no sabía que el profesor Tesh también aparecería. Es majo, pero no pintaba nada ahí".
Releyó atentamente y añadió:
"Lo siento, de verdad".
Cuando lo leyó por quinta y última vez empezó a sentirse más aliviada. Todavía estaba mosqueada por su discusión sobre Aarón, aunque entendía que fuera porque habían coincidido solo en un par de ocasiones, no tenía más que darle una oportunidad. Y Matt... 
El ligero roce de un beso debajo de la oreja evaporó sus pensamientos y Cris cerró los ojos, ladeando la cabeza y atrayendo con la mano a su novio hacia su boca. Él descendió por su mentón, acariciando su piel, sensible por el agua caliente de la ducha que acababa de darse.
—¡Ay! —exclamó, intentando apartarse de forma instintiva de Aarón, que la aferró cariñosamente por los hombros, abrazándola por la espalda—. Por culpa de esos mordisquitos mañana tendré un moratón en el cuello...
—Es que estás irresistible —susurró él a su nuca, persiguiendo con su lengua una de las gotas que se deslizaban desde los mechones húmedos.
Recordó una insinuación de su amiga Ariadna, un cuento sobre vampiros al que no le había dado importancia, pero que casi sonaba real cuando ella lo narraba. Con una advertencia al final. 
"Él lo único que quieres es..." 
"A mí", trató de convencerse. "Él solo me quiere a mí". 
Se tocó el cuello, limpiándose a continuación en la toalla que le envolvía el cuerpo, sin prestar demasiada atención. "No es sangre, no puede ser sangre"
 



Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku

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