lunes, 2 de junio de 2014

V Tesh - Prosificación contra versificación



—También se consideran paráfrasis la prosificación del verso y la versificación de la prosa.
El aula 5 era similar a todas las aulas de la facultad; de reciente construcción, con techos altos y más de una veintena de filas dispuestas en escalera, con largas mesas grises y un ventanal a sus espaldas, del tamaño justo para que entrara algo de luz. Los alumnos presentes apenas eran puntos de color en un gigantesco tapiz gris. El mata-alumnos lo había vuelto a conseguir.
—Se hace uso de la paráfrasis en la exégesis de textos literarios —continuó recitando con solemnidad Krauser.
Clic. La mitad de los estudiantes ya habían desconectado. Tesh, sentado tras la mesa elevada reservada al profesor, paseó la mirada por los alumnos del último curso de Periodismo sin disimular su aburrimiento. Normalmente su trabajo se limitaba al despacho, pero estaban bajos de personal y así podría echar un vistazo a la carne fresca. Aunque en principio no estaba permitido alimentarse en el lugar de trabajo, para evitar levantar sospechas, por su estatus le perdonaban ciertos… caprichos. Aspiró el olor a tabaco, a café amargo, el acre a sudor envuelto en perfumes cítricos y empalagosos. Reconoció moras salvajes, lima ácida, margaritas silvestres, fragancias de flores artificiales embotelladas y… había algo extraño. Cada persona en esa aula emanaba un aroma en particular, todos tenían su etiqueta identificativa. Menos una.
“Ella”. La chica estaba sentada cerca del pasillo, en la sexta fila. “¿Cómo no la he percibido antes?”. Tenía una belleza natural, nada exagerada, de pelo largo castaño-rojizo y piel clara que resaltaba los ojos verde esmeralda. Tesh se concentró, escuchando su corazón desbocado y la respiración acelerada. Estaba temblando, pálida como el papel, haciendo auténticos esfuerzos por no salir corriendo. “Está aterrada, ¿por qué?”. Sus miradas se encontraron y ella la desvió rápidamente, manifestando un pésimo arte para fingir. Tesh comprendió al instante. Llevaba demasiado tiempo observando a su especie para entender el fondo de su malestar. Había algo a su alrededor que la asustaba. Mejor dicho, alguien. Él.
“Lo sabe”, pensó, entrelazando los dedos sobre la mesa, hilando posibles ideas e hipótesis en su cabeza. “Sabe lo que soy”. Tal vez debería estar preocupado, avisar a sus superiores, buscar a un posible chivato. Que su secreto se descubriera significaba el final de su carrera junto con un billete sin retorno a un país extranjero del que apenas conocería el idioma. Y eso era muy lejos. Sin embargo, estaba excitado.
Sonrió a la clase. “Al fin, un espécimen digno de investigar”.




Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku 

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