viernes, 30 de mayo de 2014

II Ariadna - Amor ciego, amor muerto



—¡Es posesivo, egocéntrico y narcisista!
Ariadna miró fijamente a su amiga sentada frente a ella, buscando algún destello de duda o culpabilidad en sus marrones ojos. Sin embargo, ahí más bien brillaba otra cosa.
—Cris, Dios mío, te has enamorado.
—No es para tanto Ari, además, él es...
—¡Ya sé lo que es! —le cortó y al momento se mordió la lengua, tampoco debía decirle toda la verdad, no la soportaría.
Ariadna desvió la mirada y la paseó por la cafetería de la facultad, con sus paredes blancas, las modernas y baratas sillas de plástico color crema, conjuntadas con las diez mesas abarrotadas de estudiantes. Con un gesto de la mano señaló la barra.
—¡Pero míralo! Ni siquiera es guapo.
En medio de una masa de alumnos, luchando por conseguir un café a las ocho de la mañana, estaba él. Era bajo de estatura, poco más de metro y medio, con unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta negra de Iron Maiden que en otra época debió ser negra y de una pieza. Tenía los brazos apoyados en la barra y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, convencido de que dominaba ese ambiente y se encontraba a gusto en él, a pesar de no combinar con los pantalones pitillo y jerseys a cuadros de pico que lo rodeaban.
—Apenas te llega a la altura de los ojos, no tiene cuerpo de… Bueno, que no es de tu estilo, no deberías salir con él...
Era preferible pecar de superficial insoportable a perder a su amiga. No podía permitir que ocurriera, “otra vez no”.
—Ari, esto no es de tu incumbencia, en absoluto.
Cris la miró amenazadora. No le gustaba hablar de su vida íntima, aunque con Ariadna no le quedaba otra. Era su amiga e insistía en que debía protegerla, en especial de los hombres. Cris suspiró, sabía que no la haría cambiar de opinión. Volvió la mirada hacia la barra, sin fijarse en nada en concreto. Cogió uno de sus largos mechones dorados y comenzó a juguetear con él entre los dedos.
—¿Sabes? No me importa lo que pienses, yo estoy muy bien con Aarón. Es amable y dulce conmigo. Creo que también me quiere, y no necesito tu aprobación para seguir con él.
Se levantó, cogió el bolso y caminó hacia la barra. Ariadna la siguió y la agarró con suavidad por el brazo. Cuando sus miradas se volvieron a cruzar, Cris creyó percibir una súplica en la mirada verde oscuro de su amiga.
—Por favor Cris, no vayas, él lo único que quiere es...
Ariadna bajó la mirada, sin saber muy bien cómo seguir sin parecer una loca.
—¿Qué? Vamos Ari, deja de preocuparte por mí —cogió la mano que le apresaba el brazo, y con suavidad la apretó entre las suyas, manteniendo la mirada fija en su amiga—. Yo le quiero. Deberías dejar de obsesionarte tanto, él es una buena persona.
“No es una persona”, pensó Ariadna. Pero se calló y soltó a su amiga, rendida. Las dos eran demasiado tercas. Cris se alejó dirección a Aarón, que la recibió con un beso en la mejilla y miró de reojo a Ariadna con una especie de sonrisa de victoria. “Ya me estoy imaginando cosas...”. Cogió el bolso, la cazadora de cuero y se fue de la facultad. Tenía clase en cinco minutos, pero debía salir de ese lugar. Se sentía impotente, y no había nada que le desagradara más.
Mentira, sí que había una cosa, "esos malditos vampiros".




Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku 

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