viernes, 30 de mayo de 2014

I Prólogo - Promesas, promesas



—Prométeme que siempre huirás.
Normalmente, los recuerdos que uno tiene a los cinco años son borrosos y difusos. Suele ser difícil evocar los detalles de un día completo o un momento en concreto. Pero yo no puedo olvidar aquel callejón vacío, impregnando cada rendija de mis memorias con el hedor de la alcantarilla y la humedad por la lluvia que acababa de parar, y a mi madre arrodillada frente a mí.
—Prométeme que nunca te acercarás a uno de ellos —con sus frías manos sujetaba mi rostro para que no lo apartara y escuchara atentamente—. Prométeme que no dejarás que te atrapen.
Sabía que lo que me decía era realmente importante. Recuerdo sus ojos azules, aterrados, medio escondidos entre el pelo desordenado y mojado. “Qué raro”, pensé, “mamá siempre lleva el pelo recogido”.
—Ariadna, prométemelo.
Me estaba haciendo daño en la cara, apretándome con fuerza, tal vez para esconder que estaba temblando, tal vez para evitar que yo temblara. ¿Estaba llorando? ¿O eran gotas de lluvia?
—¡Ariadna!
Es verdad, yo también estaba llorando.
—Sí, mamá. Lo prometo.



Derechos reservados por la autora, Enara L. de la Peña / Fotografía Laura Makabresku

2 comentarios:

  1. "Breve pieza de un relato de tierna crueldad"
    Gran trabajo.

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  2. Un trabajo impecable y de admirar. Me encanta el pasado de Ariadna.

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